Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

A propósito de Don Inda

Por Roberto Pérez Pastor2 de mayo de 20265 min de lectura

De cómo una ciudad puede borrar dos veces a uno de sus personajes más ilustres.

Indalecio Prieto Tuero nació el 30 de abril de 1883 en el número 23 de la calle Magdalena de Oviedo. Murió el 12 de febrero de 1962 en Ciudad de México, sin haber vuelto a España. Entre esas dos fechas cabe un rosario de aciertos y errores que, según se interpreten, incomoda por igual a derechas e izquierdas. Esta, precisamente, es la primera evidencia de su valor histórico.

No tenía estudios universitarios. Llegó al PSOE con dieciséis años. Fue ministro de Hacienda, ministro de Obras Públicas y ministro de Defensa de la Segunda República. Franco construyó España con los planos de Don Indalecio. Muchas de las infraestructuras que ideó —los riegos del Guadiana, los de Levante, los enlaces ferroviarios de Madrid— fueron ejecutadas por el franquismo décadas después, con otros nombres y sin reconocer autoría. Son muchos los historiadores que señalan que, de haber presidido el gobierno en la primavera de 1936, la República habría tenido una orientación distinta; y que el advenimiento de esa misma República fue posible, en buena medida, gracias a su trabajo, también en episodios como el Pacto de San Sebastián de 1930, donde se fraguó la coalición que acabó con la monarquía de Alfonso XIII.

Prieto también se equivocó. Participó en la Revolución de 1934 y años después reconoció públicamente que había sido un error. Esa capacidad de autocrítica, la misma que hizo santo a San Pablo, lo distingue de muchos de sus contemporáneos de uno y otro bando.

Tenía un perfil que no encajaba en ningún esquema cómodo. Dentro del PSOE se enfrentó a Besteiro —el moderado académico que apostaba por la vía parlamentaria— por un lado, y a Largo Caballero —el sindicalista que soñaba con la revolución— por el otro. El prietismo era liberal, democrático y pragmático; poco dado a la pureza ideológica, resultaba y creo que aún resulta incómodo para las corrientes más radicales del socialismo español, que interpretan ese reformismo como una traición al proyecto.

La ciudad donde nació lleva décadas ajustando cuentas con su memoria de manera inconsistente. En algún momento, la calle con su nombre desapareció. No fue un descuido, fue intencionado. Alguien tomó la decisión. Eso tiene un nombre y una responsabilidad política.

Pero hay otras formas, menos ruidosas, de borrar a alguien.

Como todos los 30 de abril, la Agrupación Socialista de Oviedo convocó el tradicional acto anual de homenaje a Prieto en la calle Magdalena, como viene siendo habitual todos los años: sencillo, sin pasacalles ni excesivos cohetes. Acudieron una veintena de personas. La ejecutiva de la agrupación está compuesta por veinticuatro miembros; apenas media docena estuvo presente. La secretaria general no asistió.

Este hecho merece detenerse un momento. No para hacer juicios de intención, que no es el objetivo, sino para considerar lo que implica estructuralmente. La ejecutiva responsable del acto no logró, o no consideró necesario, garantizar la presencia de, ya no vamos a decir militantes, sino de sus propios miembros.

Algún malintencionado podría pensar que el verdadero éxito organizativo del homenaje consistió en encontrar una hora tan cuidadosamente calculada que permitió a la mayoría de la ejecutiva coincidir en lo fundamental: no estar. Sería injusto afirmarlo como intención; probablemente no hubo tal deliberación, ni acta secreta, ni gran debate estratégico sobre cómo honrar a Don Inda desde la distancia prudente de la ausencia. Y ahí está precisamente el problema: las organizaciones no se definen sólo por lo que deciden solemnemente, sino también por aquello que dejan caer sin conflicto.

Nadie tuvo que acordar el desinterés para que el desinterés compareciera. Nadie tuvo que votar la irrelevancia para que la irrelevancia presidiera el acto. Y ésta quizá sea la forma más elocuente del deterioro: cuando la memoria ya no necesita enemigos externos porque basta con la rutina interna para vaciarla.

La reproducción simbólica es el proceso mediante el cual las instituciones repiten formas que ya no producen el contenido que las justificó. El ritual continúa porque su interrupción exigiría una explicación incómoda; el acto se celebra porque no celebrarlo sería un escándalo. Pero celebrarlo así —con apenas veinte personas, una pírrica representación ejecutiva y una secretaria general ausente— produce algo más inquietante que el escándalo que se quería evitar: la evidencia palpable de que ya no importa.

Las organizaciones, como las personas, desarrollan mecanismos para convivir con el daño sin responsabilizarse de él. No es hipocresía en sentido estricto; es el aprendizaje de la indiferencia como protocolo. Un acto se convierte en trámite, el trámite en ausencia, la ausencia en costumbre y la costumbre, al final, en olvido administrado.

La memoria política no se gestiona con declaraciones; se gestiona con presencia, con rigor y con la voluntad de asumir incluso la incomodidad que ciertas figuras producen. Don Inda incomoda porque no sirve para el uso que ambos bandos querrían darle. La derecha no puede apropiárselo sin reconocer lo que representó; la izquierda no puede hagiografiarlo sin asumir sus tensiones internas. Pero esa incomodidad compartida es precisamente su valor.

La derecha le quitó la calle. Es un gesto legible, político, discutible, pero coherente con su forma de entender la historia. La izquierda, en cambio, mantiene el acto. Lo convoca cada año. Y cada año lo convoca con menos cuidado, produciendo con más fidelidad la imagen de una institución que cumple con lo que ya no cree.

Hay una diferencia entre borrar y vaciar. Lo primero ocurre en un instante, en la firma de un edicto, de un acta o de un bando municipal. Lo segundo es un proceso más lento. Lo primero es políticamente consciente; lo segundo, en el mejor de los casos, dejadez. Pero el resultado, en este caso, es el mismo.

Que la derecha lo borre resulta coherente con su forma de ordenar la historia. Que la izquierda lo vacíe por rutina es bastante más grave. Porque a veces la memoria no desaparece cuando quitan una calle, sino cuando quienes deberían sostenerla empiezan a tratarla como un trámite. Y entonces ya no hace falta que nadie borre a Don Indalecio Prieto: lo condenamos al olvido nosotros mismos.

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