Condicionamiento y poder
La legitimidad política se fabrica en el plano emocional, mediante procesos psicológicos que operan por debajo de la conciencia. El poder nos condiciona. Antes de razonar, asociamos.

Cada vez que veo a Felipe VI salivo.
No es una metáfora. Es una reacción fisiológica automática, inmediata, que no responde a una decisión consciente ni a un deseo previo. No la busco, no la provoco y, desde luego, no la elijo. Simplemente ocurre.
En nuestra sociedad, el sistema opera aplicando de forma sistemática los principios de la psicología y la sociología para producir adhesión afectiva y alineación emocional a determinadas posiciones políticas.
La persuasión, más allá del argumento, se ejerce desde la repetición y la asociación, guiando al conjunto no como sujetos críticos sino como un rebaño emocionalmente condicionado.
Uno de esos principios es el del condicionamiento clásico, sí ese que todos conocemos, el de Pavlov, la campanita y el perro. Pavlov demostró como estímulos en principio neutros, incluso molestos como el ruido agudo de una campanilla provoca respuestas fisiológicas y emocionales sin aprendizaje consciente. Y en este contexto, de manera reiterada y repetitiva, cada año la imagen de Felipe VI se presenta de manera sistemática y reiterada asociada a un contexto cargado de emociones positivas, en hogares cuyas mesas desbordan de manjares y espirituosas bebidas.
De este modo, Felipe VI, y antes su emérito y exiliado padre, herederos de una estructura institucional nacida de una dictadura que evitan siempre nombrar y de cuyas prácticas represivas jamás han hecho un reconocimiento pleno, quedan asociados afectivamente a sensaciones de estabilidad, normalidad y continuidad, mediante un anclaje emocional construido en el contexto de bienestar material temporal y seguridad familiar que reina en ese preciso instante en nuestros hogares.
Cada 24 de diciembre, Felipe VI y lo que representa busca su legitimación simbólica más allá del consenso racional a través de los procesos del aprendizaje asociativo. La monarquía se naturaliza, se desproblematiza y se integra en el paisaje emocional de lo cotidiano de millares de familias.
Por eso, cada vez que veo a Felipe VI salivo; porque asocio su imagen y el cansino tono de su voz a una mesa llena de cosas ricas y copas con añadas excelentes que no te permites el resto del año y a la alegría de estar todos los seres queridos juntos. Es una respuesta condicionada, porque la respuesta ideológica no cambia, sigo soñando con la República.
Cuando el poder logra instalarse en el reflejo ya no necesita convencer conciencias… Por ello compañeros, salivad conmigo… pero sigamos hablando república y libertad.
Comentarios y debate
0 intervencionesCargando sistema de comentarios...
Pensamiento crítico sin ruido mediático
Si buscas reflexiones sobre los desafíos de la democracia, la izquierda y la política contemporánea, recibe cada nuevo ensayo de La Escandalera directamente en tu correo.