Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Convocar para clausurar

Por Roberto Pérez Pastor25 de junio de 20265 min de lectura

Cuando el tiempo se convierte en un recurso de poder, la forma democrática puede sobrevivir intacta mientras su contenido se vacía por dentro.

El jueves 25 de junio, la militancia socialista de Oviedo recibió un WhatsApp, a través del canal oficial de la agrupación, de su Comisión Ejecutiva Municipal. El mensaje no planteaba una propuesta ni abría un debate. Notificó un hecho consumado: las primarias para elegir candidatura a la Alcaldía se celebrarían en julio. El calendario estaba fijado. Los plazos, establecidos. El proceso, aparentemente, en marcha.

El Comité Federal se reuniría el día 27. El Autonómico, el 29. La presentación de candidaturas comenzaría el día 2 de julio.

La competencia ordinaria para convocar primarias corresponde al Comité Federal, no a la agrupación municipal. El WhatsApp emitido por la Comisión Ejecutiva Municipal el día 25 no acredita una convocatoria formal: es una declaración de intención anticipada sin cobertura reglamentaria acreditada en el momento de su emisión. Si el Comité Federal aprueba o ratifica el calendario el día 27, el proceso quedará cubierto hacia adelante. Lo que no quedará cubierto es lo que ocurrió antes: que la militancia recibió como decidido aquello que los órganos competentes aún no habían ratificado. De esa diferencia dependen los derechos de quienes pudieran querer presentarse y que en este momento no saben con certeza si el proceso ha comenzado ya o todavía no.

En ciertas organizaciones el tiempo no se administra: se adelanta. Se anuncia como decidido aquello sobre lo que todavía deben pronunciarse los órganos que sobre ello tienen competencia y se convierte la aprobación posterior en la confirmación de un futuro previamente comunicado. Quienes tienen la responsabilidad de garantizar la neutralidad del proceso son los mismos que han gestionado su apertura. En ese contexto, la incertidumbre no es un efecto secundario del desorden organizativo. Es un recurso. Administrada desde una posición de poder, esa incertidumbre produce una ventaja tan concreta como previsible.

El calendario remitido el 25 de junio no significa lo mismo para todos. Para quien conocía previamente que el proceso se abriría en julio, el tiempo político había empezado a correr mucho antes de que el correo llegara a los buzones. Para quien se enteró con el WhatsApp, comenzó en ese instante: sin bases publicadas, sin conocer el censo aplicable, sin saber cuántos avales serían necesarios ni ante qué órgano debe presentarse la documentación.

Un mismo calendario. Tiempos políticos distintos.

Y cuando esa asimetría se produce, el plazo formal deja de ser lo que parece: no mide el tiempo disponible para presentar y discutir un proyecto, sino la distancia entre quienes ya estaban organizados y quienes acaban de enterarse de que debían estarlo.

Para vaciar políticamente un proceso, no hace falta prohibir que la gente se presente. Eso sería demasiado burdo, obligaría a dar explicaciones y dejaría marcas en los estatutos y en las comisiones de ética. El sufragio pasivo no se suprime prohibiéndolo. Se vacía de otra manera: estableciendo condiciones en las que ejercerlo resulte materialmente imposible.

Dos días para presentar candidaturas. Siete para recoger avales. En julio. Sin bases publicadas en el momento del anuncio. Sin que la militancia conozca el censo válido, los requisitos concretos ni los órganos ante los que presentar la documentación.

Cada uno de esos elementos, por separado, podría defenderse, pero su combinación produce algo distinto: una barrera que no aparece escrita en ningún estatuto, que no prohíbe nada formalmente y que, sin embargo, hace extraordinariamente difícil atravesar la puerta para quien no esté ya dentro.

No es necesario prohibir una candidatura para impedir que exista. Basta con organizar el tiempo de manera que solo pueda presentarse quien ya estaba preparado antes de que el proceso comience oficialmente. Las primarias siguen existiendo. Lo que se estrecha no es el derecho reconocido en el reglamento, es el espacio real dentro del cual ese derecho puede ejercerse y generar contenido político.

Hay una diferencia entre ganar unas primarias y administrar las condiciones de acceso a ellas. La primera exige proyecto, argumentos y capacidad de convencer a la militancia. La segunda exige únicamente control sobre el procedimiento y disposición a usarlo.

No son la misma cosa aunque las dos pasen por las urnas.

Una votación puede celebrarse sin que haya existido competencia real. Puede haber candidaturas proclamadas, mesas constituidas, papeletas introducidas en urnas y actas firmadas. Todo eso puede ocurrir en condiciones que hicieron imposible, antes de que comenzara, que determinadas alternativas llegaran a existir. Las actas certificarán que hubo votación. No podrán certificar que hubo elección.

Cuando el acceso al proceso se administra de manera que solo pueden recorrerlo quienes ya estaban en posición de hacerlo, el resultado no expresa la voluntad de la militancia sobre las alternativas disponibles. Expresa la voluntad de la militancia sobre las alternativas que se permitió que estuvieran disponibles. Esa diferencia no es técnica. Es política.

Existe una forma de gestionar una organización que no requiere imponerse en el debate ni ganar la discusión sobre el proyecto. Requiere algo más sencillo y más eficaz: controlar cuándo empieza el debate y quién puede participar en él. Quien administra esas variables no elimina la necesidad de convencer, pero reduce de antemano el número de alternativas capaces de competir. Le basta con que el proceso transcurra antes de que la alternativa haya tenido tiempo de construirse.

Eso puede producir una votación. Lo que no garantiza es una elección.

Cuando una dirección administra los tiempos, la información y las condiciones de entrada de forma que reduce la posibilidad efectiva de alternativa, ya no gestiona únicamente una organización. Gestiona las condiciones de su propia permanencia en ella.

Una organización que tolera esa lógica puede seguir celebrando primarias, pero en esas condiciones ratifica el monopolio de quienes deciden. Ha dejado de elegir.

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