Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Crítica sin clase, política sin conflicto

Por Roberto Pérez Pastor12 de diciembre de 20254 min de lectura

Cuando el socialismo habla solo de sí mismo, la política se vuelve estéril.

Escena cinematográfica al anochecer que muestra resignación política tras una manifestación terminada.


Salimos perdiendo los de siempre. Leyendo opiniones y posicionamientos sobre los sucesos que llenan los titulares de estas semanas, la crítica que se hace visible emerge casi exclusivamente desde el socialismo institucional y con un denominador común, criticar al partido evitando interpelar a la sociedad. Se denuncian errores y corrupciones y con ello se dejan a un margen los conflictos sociales, no hay referencia a las clases trabajadoras y sin alusión a desigualdad, precariedad o redistribución. Quienes critican, tienen su foco de atención puesto a nivel interno, de manera autorreferencial, orientado más al partido que al sistema en el que opera.

Esta forma de crítica, hoy omnipresente en redes y otros medios, puede leerse con precisión a partir del esquema clásico que Hirschman expone en su libro “Salida, voz y lealtad”. La protesta no surge como impulso moral espontáneo, sino como una decisión racional situada, que aparece cuando la lealtad deja de ser funcional, pero la salida sigue siendo demasiado costosa. Mientras la lealtad garantice influencia o reconocimiento, la crítica se contiene. Cuando deja de hacerlo, la voz emerge.

En el socialismo institucional actual se dibuja un escenario donde la lealtad se ha erosionado, ya no se garantiza influencia real, reconocimiento político ni capacidad de transformación. Sin embargo, la salida, romper con la organización, con el marco institucional o con el sistema de representación se percibe como inviable políticamente especialmente a la luz de expectativas futuras y cálculos de oportunidad. Es en este punto cuando emerge la voz crítica.

El problema no es que emerja la voz, sino el tipo de voz que se visibiliza. Frente a una crítica que debería estar anclada en el conflicto social, aparece una crítica desclasada, moralista y sin sujeto. El destinatario implícito de la misma, no es la militancia ni el votante popular, sino el lector institucional, el socialista de aparato desencantado o el votante de orden que aún espera una política previsible y respetable. El sujeto de las políticas progresistas, la clase trabajadora desaparece del análisis porque su presencia obligaría a nombrar intereses, antagonismos y estructuras, y eso tiene costes personales y políticos.

Esta forma de crítica no es accidental. Es el producto de tres procesos convergentes. En primer lugar, la hegemonía neoliberal, que ha desplazado el eje del debate desde la redistribución y el conflicto hacia la gestión, la eficiencia y la estabilidad. En segundo lugar, la profesionalización de la política, que ha ido sustituyendo a los ideólogos por gestores de carrera más expuestos a lógicas institucionales que a experiencias materiales de precariedad o dependencia. Y, finalmente, el miedo al conflicto, tanto con los poderes económicos como con los marcos mediáticos dominantes, que penalizan cualquier lectura materialista y premian la autocrítica inocua.

Es importante señalar que el efecto político de esta crítica es paradójico. Aunque se presenta como incómoda, en la práctica refuerza un marco profundamente conservador: la idea de que todos los partidos acaban igual, de que el poder corrompe inevitablemente y de que la política es, ante todo, una cuestión moral. La corrupción deja de entenderse como un fenómeno estructural ligado a la captura del Estado y pasa a explicarse como una patología del carácter. La crítica deja de ser materialista y se convierte en moralización de la política.

Cuando la crítica o la condena no señalan las estructuras que producen los problemas, sino a las personas que se benefician de ellas, se transforma inevitablemente en resignación. Una resignación lúcida, incluso elegante, como la que manifiestan algunos, pero políticamente estéril. El socialismo queda entonces atrapado en una posición incómoda: sin lealtad plena, sin salida viable y con una voz que no desestabiliza nada. Un socialismo que analiza su propio declive sin explicar por qué se produjo, a quién benefició ni qué proyecto abandonó.

Un partido sin sujeto social termina siendo solo una maquinaria electoral. Y una maquinaria electoral, cuando falla, solo sabe explicarse a sí misma en términos morales. Recuperar una crítica verdaderamente socialista exige volver a hacer lo que estas voces críticas evitan: nombrar intereses, asumir el conflicto y reconstruir un horizonte de clase. Todo lo demás es administración del agotamiento.

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