Cuando el prejuicio habla solo
Hablar no es un acto neutro. En el lenguaje cotidiano se sedimentan prejuicios que sobreviven incluso en discursos que se proclaman emancipadores.

En 1954, Gordon Allport publicó su obra clave La naturaleza del prejuicio, en la que definía el prejuicio como una generalización rígida e infundada que atribuye a un grupo humano rasgos negativos —como la ingenuidad o la falta de inteligencia— sin base empírica alguna. Expresiones como “inmigrantes buenos”, “ir hecho un gitano”, “trabajar como un negro” o “ser engañado como un chino”, aunque a menudo se presenten como simples giros coloquiales o inofensivos, responden a este tipo de estructura cognitiva inequívoca.
El uso de este tipo de expresiones, la mayoría de ellas heredadas culturalmente, no suelen ser percibidas como insultos explícitos, pero no por ello dejan de ser peligrosas al estar operando a nivel implícito. Estos estereotipos normalizados y banales que no vivimos como racistas, en realidad, reproducen esquemas jerárquicos entre grupos humanos. De ahí que el énfasis que con frecuencia se pone, desde posiciones de izquierda y progresistas, en el cuidado del lenguaje no tenga que ver sólo con lo que este comunica, sino con lo que revelan: los marcos cognitivos y morales desde los que se piensa y se nombra la realidad.
Precisamente por ello, el contenido y los marcos de todo discurso no son simples recursos retóricos, son estructuras mentales profundas que organizan cómo interpretamos la realidad. Cuando recurrimos a este tipo de expresiones, no se está improvisando: se activa un repertorio cultural que en contextos especialmente políticos y sociales, deja entrever cómo ciertos supuestos culturales e ideológicos no han sido prudentemente deconstruidos pese a formar parte del ideario y el espacio político que afirma combatirlos.
No se trata de fallos conscientes, sino de automatismos discursivos que emergen ante una falta de vigilancia reflexiva sobre el propio lenguaje, y que revelan cómo pensamos incluso cuando nuestro discurso normativo pretende decir otra cosa.
Las implicaciones de este tipo de expresiones se amplifican en el plano político. Cuando un representante público recurre a ellas, no solo reproduce un determinado marco cultural, sino que legitima su uso en la esfera pública y rebaja el umbral de lo decible. Implícitamente se contribuye a la idea de que el racismo solo existe cuando es violento o de derechas y se da paso a lo que algunos autores denominan racismo de élite, aquel que no se articula mediante el discurso directo, sino a través de la normalización discursiva.
Este tipo de lenguaje produce daño moral porque niega de manera simbólica la igualdad y la dignidad de determinados colectivos (inmigrantes o chinos) incluso cuando no están presentes en el debate.
Cuando este tipo de expresiones aparecen en nuestras filas, no estamos ante una simple incoherencia individual, sino ante un fallo estructural que refleja una falta de coherencia moral e ideológica. Conviene tener siempre presente que desde la izquierda no solo competimos por políticas públicas, sino por marcos normativos: igualdad, justicia social y reconocimiento. Cuando nuestro mensaje se canaliza a través de prejuicios, se debilita su autoridad simbólica y paralelamente se facilita que los discursos excluyentes de la derecha se legitimen o se normalizen.
Si a partir de estas manifestaciones, aguzamos la mirada, vemos como también asoma lo que se da en llamar el universalismo incompleto donde se defienden derechos y dignidad, pero no siempre para todos y de forma suficientemente vigilante, haciéndose evidente una disonancia entre los valores que se declaran y automatismos culturales que no han sido debidamente revisados, por no decir asumidos.
Por todo ello, este tipo de recursos trascienden lo anecdótico. El lenguaje político no es sólo un campo de disputa estratégica, sino también moral. Desde la izquierda tenemos una responsabilidad añadida a la de no reproducir la desigualdad material: la de no reproducir tampoco la simbólica. Sucesos como el que motiva este artículo, son indicadores fehacientes de que el prejuicio no desaparece por bautismo o adscripción ideológica; exige un trabajo reflexivo constante. Cuando la izquierda habla con el lenguaje heredado del NODO, de un pasado prejuicioso, no solo se equivoca: se traiciona a sí misma.
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