De la pirámide de Maslow al campo de concentración: política, poder y vida
Cuando la política deja de escuchar y sólo administra, la vida se reduce a mera estadística, despojada de voz y de derechos.

Abraham Maslow, fue un psicólogo humanista que a todos nos suena pues un buen día tuvo la ocurrencia de ordenar nuestras necesidades vitales como si fueran una pirámide nutricional. Abajo lo básico: respirar, comer, beber, dormir, sexo del procreativo que no del recreativo y luego ya, poco a poco, según vamos subiendo pisos: seguridad, reconocimiento y vicio. Una teoría tan impecable en su geometría que desde entonces mantiene un lugar privilegiado en los manuales de autoayuda y talleres de coaching, llegando a ser la pirámide de Maslow, junto con las de Egipto, de las más conocidas.
Más allá del sentido motivacional de las pirámides, Hannah Arendt descubrió que para explicar la condición humana, resulta más congruente hablar de actividades que de pulsiones escalonadas y frente a Maslow y su lista ordenada de necesidades, Arendt, comenzó a tejer su pensamiento en términos de actividades vitales.
Hannah Arendt, distingue tres actividades fundamentales que configuran la vida humana:
La labor, la más elemental, que engloba la repetición incesante de las tareas necesarias para sostener la vida biológica; desde alimentarse y reproducirse hasta el trabajo doméstico cotidiano; un ciclo interminable que nunca concluye porque la necesidad siempre regresa.
El trabajo, que aglutina actividades que se orientan a fabricar un mundo más duradero: levantar casas, producir objetos, crear instituciones y hasta obras de arte; actividades que dejan huella, que permanecen.
Y finalmente, la acción que es la dimensión más propiamente humana y política: agrupa actividades como aparecer ante los otros y relacionarse, hablar, actuar en común, ejercer la libertad y la pluralidad…
Conviene subrayar que para Arendt, sólo en la acción se despliega plenamente la condición humana, pues allí los individuos se reconocen y se disputan un lugar en la esfera pública, en el mundo y que las tres dimensiones: labor, trabajo y acción, no están dispuestas en orden jerárquico sino que coexisten en tensión, sosteniendo la vida en sociedad.
Michel Foucault, al analizar la modernidad, identifica el biopoder como una nueva forma de poder, una fuerza que no se contenta sólo con gobernar territorios o conciencias, sino que administra directamente la vida biológica de los individuos y de las poblaciones en su “hacer vivir y dejar morir”. El biopoder no se centra tan solo en castigar o reprimir, además gestiona la vida: administra a la población a través de políticas de salud, natalidad, higiene o control de riesgos, y en el extremo reduce la existencia exclusivamente a su dimensión biológica haciéndola objeto de cálculo político.
Y es este biopoder el que, en mi opinión, mueve los hilos, la fuerza que define las dinámicas entre las tres dimensiones arendtianas, modulando o contribuyendo a su desequilibrio: regula la labor mediante políticas de salud, natalidad, alimentación o higiene; condiciona el trabajo desde una perspectiva biologicista a las exigencias de la economía y la productividad; y controla la acción limitando las voces y los cuerpos que se alejan de lo normativo en la esfera pública.
El resultado de su ejercicio es la exclusión de lo disidente y lo transgresor, encarnado en las personas que son expulsadas del trabajo y de la acción, confinadas casi exclusivamente a la esfera de la labor, reducidas a sobrevivir bajo la gestión de un poder que las contempla no como ciudadanos, sino como cuerpos que alimentar, mover, contabilizar, o repartir; desprovistos de derechos y reconocimiento, reducidos a una estadística, a números de enteros que configuran listas médicas de espera, de acceso a la educación, ocupar una vivienda o de genocidios silenciosos.
Es en este extremo, cuando la política ejercida como producto del biopoder se convierte en pura administración de cuerpos, de lo que Agamben define como la “nuda vida”: una existencia despojada de derechos y de voz política, reducida a simple biología administrada. No se trata ya sólo de quedar atrapado en la esfera de la labor, sino de ser expulsado de toda posibilidad de trabajo y, sobre todo, de acción, y emerge la figura del homo sacer, aquel que puede ser matado sin que ello sea considerado un crimen, porque su vida ya no pertenece al orden de lo político, de lo público.
Esta es la verdadera amenaza de nuestro presente: que bajo la retórica de la gestión óptima, la seguridad y la eficiencia, incluso de la fe o la religión vayamos aceptando que millones de personas, sean tratadas como cuerpos sin mundo, sin palabra, sin derechos; como cifras que se reparten, se almacenan o se descartan; homines sacri que se agrupan en campos privados de agua y sustento que pueden ser exterminados sin que sea considerado un genocidio porque sus vidas han sido excluidas y reducidas a nuda vida.
Este equilibrio frágil entre labor, trabajo y acción se quiebra siempre bajo los regímenes totalitarios, que reducen a las personas a pura labor y despojan de toda voz a quienes disienten. Cuando la acción ( la pluralidad, la deliberación, la palabra compartida) desaparece, la política degenera en mera administración de las cosas, de los cuerpos.
Desde posiciones progresistas, la tarea ineludible es preservar ese equilibrio; defender la acción, el trabajo y la labor como la trama irrenunciable de la condición humana frente a cualquier poder que pretenda reducirnos a nuda vida. Ello implica defender la acción mediante espacios de debate y participación reales, donde las diferencias no sean perseguidas sino escuchadas; proteger el trabajo como construcción de mundo común, garantizando derechos laborales, acceso a la cultura y a la educación; y asegurar la labor mediante sistemas de salud y cuidado, acogida, acompañamiento y velando que la vida no se reduzca durante la gestión a cifras, sino que se reconozca en toda su dignidad.
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