Del predominio a la hegemonía
Una organización puede controlar sus órganos, administrar sus tiempos y ocupar sus portavocías sin haber convencido a nadie.

Hay quienes, en el arranque de este proceso, han puesto la vista en candidatos que aporten a la marca, que venzan fuera antes que dentro, anteponiendo la suma al logo antes que al proyecto. No es una posición nueva ni sorprendente. Es la expresión más clara de una manera de entender la política que lleva años instalándose en la cultura interna de los partidos.
Esa manera de entender la política encierra una concepción cuyas consecuencias van mucho más allá de cualquier proceso de primarias: la política como mercado, el candidato como producto, la militancia como consumidor. La marca como el único criterio que importa; no qué propones, no a quién representas, no qué ciudad quieres construir, sino si sumas a la marca, si el envase es el adecuado, si el producto tiene el logo correcto.
En los años ochenta y noventa, entre quienes más duramente pagaban la realidad social de aquella época, circuló una práctica que se conocía como la operación tambor. Consistía en aprovechar los pasillos ciegos de los supermercados, vaciar el tambor de una conocida marca de detergente y llenarlo con otros productos antes de pasarlo por caja. Marca y contenido. La caja registradora, como la urna, legitimaba lo que el consumidor había comprado. Pero lo que realmente se legitimaba no era la marca, sino el contenido; y el contenido era otra cosa.
La pregunta que se abre hoy y la que necesitan responder los militantes, cuando la AMSO inicia su proceso de primarias, no es si el proyecto actual suma a la marca que ya representa. Es qué hay dentro del bote, y qué es lo que legitimará hoy la agrupación y mañana la ciudadanía.
Ganar y convencer no son verbos sinónimos, aunque la política, en su trampantojo, los trate como si lo fueran. Ganar es un resultado; ocurre en una fecha, produce un cargo, consolida una posición. Convencer es un proceso que no tiene fecha de cierre, no se mide en porcentajes y no se decreta. Un proyecto político puede acumular victorias sucesivas sin haber convencido nunca a nadie de nada distinto a que era el menos malo en ese momento.
Antonio Gramsci formuló la distinción entre hegemonía y predominio. La hegemonía no es dominio, es consenso; no es la capacidad de imponerse, sino la de lograr que la propia dirección sea percibida como natural incluso por quienes no la eligieron. Un proyecto que genera hegemonía no necesita que nadie lo avale desde fuera porque su propia adhesión lo sostiene. Cuando un proyecto necesita ese aval, está reconociendo, sin decirlo, que la adhesión propia no es suficiente y no aporta significado, y en estos casos el capital simbólico de toda la militancia circula en sentido contrario, de las siglas al candidato, y se vacía la organización.
Los partidos se presentan como comunidades de ideas, pero irremediablemente funcionan también como sistemas de posiciones. No siempre se apoya a quien más convence, sino a quien concentra expectativas, administra recursos o parece capaz de garantizar la continuidad de quienes ya ocupan un lugar. Mientras las expectativas se sostienen, el sistema funciona. Cuando se agotan, lo que queda no es proyecto; es gestión de la posición. Y gestionar una posición no es lo mismo que construir dirección; la primera lleva al inmovilismo, la segunda es una suma de posiciones que alinea y moviliza.
El socialismo ovetense lleva cuatro años con un proyecto que ocupa el centro institucional de la agrupación sin haber logrado convertirse en su sentido común, sin haber logrado hegemonía. Ha tenido portavocía, exposición mediática, actividad pública constante, respaldo orgánico de aparato y ejecutiva. Ha tenido todo lo que necesita un proyecto para crecer. Y, sin embargo, la base no se ha ampliado. La correlación de fuerzas interna no se ha alterado de manera sustancial, y lo que sigue habiendo es predominio, control de posiciones, gestión de recursos, presencia en los medios. No hay hegemonía; un marco compartido que el adversario tenga que disputar, una dirección reconocida como legítima incluso por quienes votaron otra cosa. Cuatro años no garantizan la construcción de hegemonía, pero sí son tiempo suficiente para exigir un balance; comprobar si el proyecto ha ampliado adhesiones, modificado el sentido común de la organización o construido un marco reconocible fuera de ella.
Cuando un proyecto no puede crecer hacia afuera, cuando tiene agotadas sus expectativas, aprende a administrar hacia adentro. Y la administración hacia adentro tiene una gramática reconocible: los calendarios se vuelven estratégicos, las convocatorias se diseñan antes que los debates, los tiempos se gestionan con la misma atención que se niega a las ideas. Pero esta estrategia no debe verse bajo la lente de la conspiración; es lógica de supervivencia institucional y el paso previo al estado de irrelevancia más absoluta. Un liderazgo que sabe que su margen es estrecho alcanza un cruce de caminos; de su elección depende el futuro de toda una organización: caminar con paso firme hacia la hegemonía que afiance su liderazgo o gestionar su propia derrota. Y en la gestión de la derrota, están contenidas todas las estrategias de los tiempos que impiden la victoria: adelantar unas primarias o posponer una asamblea. La política al servicio de la gestión.
El coste de ese mecanismo no aparece en los porcentajes de una votación. Aparece en la participación de la siguiente. Y en la de después. Hasta que el proyecto descubre que gobierna un espacio que se ha ido vaciando a su alrededor mientras gestionaba su continuidad. Unamuno lo dijo con más riesgo personal y en circunstancias incomparablemente más graves: se puede vencer sin convencer, y vencer sin convencer tiene un precio diferido. Ese precio lo paga la agrupación y, por extensión, la ciudadanía de Oviedo, al prolongar una agonía.
Hay además una consecuencia que va más allá de lo interno. Un proyecto que ocupa la oposición sin haber construido un marco propio termina operando, inevitablemente, dentro del marco de quien gobierna. Fiscalizar sin disputar el sentido es, en el mejor de los casos, una forma de eficiencia ajena. La oposición que denuncia sin enmendar, que señala sin proponer, que ocupa el espacio de la crítica sin construir el de la alternativa, no impugna el proyecto del adversario: ayuda en su ejecución con mejor conciencia. Oponerse a unos presupuestos sin enmendarlos es validar su estructura. Denunciar el funcionamiento o estructura de un área, sin cuestionar el modelo que gestiona, es legitimar por anticipado las decisiones que vendrán. La fiscalización sin proyecto no es resistencia, no es oposición, es la forma más eficiente de colaborar con el equipo que gobierna.
Hoy, apenas 24 horas antes de que se abra el plazo para la presentación de candidaturas, el proyecto que durante cuatro años ha ocupado el centro institucional del socialismo ovetense ha ofrecido una respuesta política al dilema que este artículo plantea. No ha esperado a que la militancia responda. Ha reconocido, en un lenguaje que no admite interpretación, que la hegemonía no se construyó. Un proyecto que se retira invocando motivos personales y dejando instrucciones sobre cómo debe leerse su herencia no está cediendo el paso. Sean cuales sean los motivos personales de la retirada, su efecto político no admite demasiadas dudas: el proyecto que durante cuatro años ocupó el centro institucional de la agrupación llega al proceso de primarias sin candidatura propia y tratando de fijar, desde la salida, la interpretación de lo construido. Un proyecto sin hegemonía no deja herencia: deja posiciones. Y las posiciones, sin proyecto que las articule, son simplemente los restos de un naufragio. Lo que viene después no es herencia, es tratar de mantenerse a flote.
La pregunta que tienen delante las y los militantes socialistas ovetenses no es quién recoge ese legado ni cómo se garantiza la continuidad de lo que no llegó a consolidarse. Es si aprovecha este proceso para construir por fin algo que merezca el nombre de hegemonía y no el predominio de unas posiciones: un marco compartido, una dirección reconocida como legítima incluso por quienes no la eligieron, un proyecto que no necesite el aval de una marca externa ni la administración de los tiempos para sobrevivir. Eso no se hereda. Se construye. Los naufragios no se superan con los restos del barco.
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