Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Desplazar la Ventana

Por Roberto Pérez Pastor23 de septiembre de 20254 min de lectura

La derecha ha comprendido cómo mover los márgenes de lo aceptable en la conversación pública. La izquierda reacciona sin disputar el marco.

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Joseph Paul Overton no era carpintero, pero antes de morir en un desgraciado accidente, dejó diseñado el marco teórico de una ventana que lleva su nombre.

Joseph, no se caracterizaba por ser una persona especialmente progresista; en materia de pensamiento bebía fuentes del liberalismo clásico americano, lo que le llevaba a defender la prioridad de las libertades individuales frente a la igualdad social, la desregulación económica y la iniciativa privada como motor de prosperidad. A pesar de ello, su famosa ventana constituye una herramienta analítica neutra, aunque en su concepción fuera diseñada para entender cómo las políticas neoliberales pueden pasar de ser marginales a aceptables socialmente.

La ventana de Overton es un constructo teórico que delimita lo debatible, lo normativo y aceptable en el desarrollo de la acción política en el contexto social actual y, en cierto modo, los márgenes en los que se ha de mover el pensamiento ideológico.

En los últimos años, la derecha –en todo su espectro neoliberal, ultraconservador o posfascista– ha demostrado una notable habilidad para desplazar esa ventana hacia postulados extremos. Lo ha conseguido sin giros disruptivos, siguiendo la inercia social y ante la pasividad de las fuerzas progresistas. Ha conseguido introducir dosis graduales de extremismo y propuestas radicales, posicionarlas dentro del área de lo debatible y desplazar con ello el marco de lo aceptable hacia posiciones cada vez más conservadoras, consiguiendo con ello que lo que ayer era escandaloso, con la ayuda de los medios de comunicación y las redes sociales como caja de resonancia, hoy parezca parte de una conversación legítima.

Las estrategias empleadas son casi siempre las mismas. Al amparo de la libertad de cátedra y las voces de los expertos, se consigue abrir los micrófonos a voces negacionistas y revisionismos históricos: la excentricidad del terraplanismo o supuestos chips que se inoculan en las vacunas, desde el momento en que se presentan desde el atril de un Aula Magna, adquieren la visibilidad necesaria y el amparo de cátedra para entrar de lleno en el debate público. Camuflar los extremos y el radicalismo dentro de causas legítimas es otra de las estrategias: la defensa de la identidad cultural sirve para señalar al otro y de excusa para normalizar un discurso tiznado de xenofobia. Se explota de manera recurrente la inseguridad -real o percibida- para justificar propuestas autoritarias, frente al miedo se normalizan medidas excepcionales que desplazan la ventana hacia la aceptación de políticas y prácticas cada vez más restrictivas en derechos en aras del “orden” y la “seguridad” común: Leyes Mordaza. Los recortes en derechos sociales en servicios públicos irrumpen en la agenda en nombre de la “eficiencia económica”.

De este modo, la derecha articula de manera paulatina y reiterada, demandas dispersas en un discurso común, constituyendo una nueva hegemonía, como describen Laclau y Mouffe: una unidad político-social catalizada en los partidos conservadores y en liderazgos que encarnan esos deseos colectivos.

En esta realidad, aunque se gobierne desde la trinchera progresista es la derecha la que marca la iniciativa y en ocasiones la agenda política. La ausencia de batuta, obliga a la izquierda a jugar a la defensiva: nuestras políticas se comunican como logros aislados y no como parte de un proyecto coherente y transformador. Nuestra izquierda se percibe atrapada en respuestas paliativas y gestuales, con representantes más centrados en reforzar su marca personal y visibilidad social que en recomponer el vínculo con las bases.

La tarea de la izquierda no puede limitarse a resistir los desplazamientos y embates de la derecha; debe recuperar la capacidad de formular imaginarios y futuros alternativos, discutiendo no sólo lo necesario sino también lo “imposible”.

Urge reconectar con las bases mediante una comunicación clara, directa y cercana, que visibilice los logros en el marco de un proyecto de progreso, de un objetivo común y muestre compromiso real con las mayorías sociales.

Es obligado invertir el proceso de normalización: colocar en la esfera pública debates sobre derechos, justicia social, sostenibilidad, redistribución y democracia participativa. Solo una izquierda estratégica, capaz de combinar la gestión institucional con la construcción política, cultural y comunitaria, podrá desplazar de nuevo la ventana de Overton hacia horizontes de igualdad y emancipación; de lo contrario será la derecha quien marque las pautas de nuestro futuro.

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