Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

El desenganche moral: cómo aprendemos a convivir con el daño

Por Roberto Pérez Pastor19 de enero de 20267 min de lectura

Guerras, exclusión social, recortes de derechos o violencia estructural no desaparecen de nuestras sociedades: se normalizan mediante mecanismos que suspenden la responsabilidad moral.

Albert Bandura es una de las figuras clave del giro cognitivo que experimentó la psicología en una época marcada por el predominio del conductismo y las interpretaciones mecanicistas de la conducta humana. Su teoría cognitivo-social introdujo una concepción más compleja de la persona, entendiendo el comportamiento como un proceso dinámico en constante interacción con el contexto.

Formuló tres ideas que hoy siguen siendo nucleares en la psicología contemporánea: el determinismo recíproco que sostiene que la conducta humana resulta de la interacción continua y bidireccional entre factores personales (cogniciones y emociones), el comportamiento y el entorno social; el aprendizaje vicario, que explica que las personas aprenden conductas nuevas, normas y expectativas observando a otros y las consecuencias que reciben, sin necesidad de una experiencia en primera persona; y por último la agencia humana que subraya que los individuos no son meros productos del entorno, sino agentes activos capaces de autorregular su conducta, anticipar consecuencias y actuar intencionalmente sobre su propia vida y el contexto social.

A día de hoy, Bandura está incorporado al núcleo de la psicología contemporánea y sus conceptos no se enseñan desde una perspectiva histórica sino que se incorporan como herramientas activas de análisis e intervención. Su marco teórico está profundamente imbricado en las líneas actuales de la psicología del desarrollo, la psicología cultural y por supuesto, de manera especialmente relevante, de la psicología política.

Vivimos un presente marcado por la vulneración sistemática de fronteras, derechos y normas internacionales, por la cronificación de guerras prolongadas, desplazamientos forzados y crisis humanitarias recurrentes. Sin embargo, lejos de generar en nosotros una respuesta moral proporcional, estos fenómenos acaban integrándose en el paisaje informativo cotidiano y aprendemos a convivir con ello. Con el tiempo nuestra implicación ética se diluye y estos problemas pasan a gestionarse de manera procedimental, incorporados a la agenda política y al discurso público, sin provocar ya sobresaltos en la moral o la conciencia colectiva.

Precisamente, para dar cuenta de este proceso, Bandura desarrolla el concepto de desenganche moral. Con él explica cómo personas normales, como nosotros, pueden cometer, tolerar o ignorar daños graves sin experimentar culpa ni auto-sanción. No estamos hablando de psicopatía ni de maldad extrema, sino de procesos cognitivos ordinarios, socialmente aprendidos, que nos permiten suspender la regulación moral de la conducta en determinados contextos. Desde esta perspectiva, las personas no dejan de tener valores morales, lo que hacen es desactivar selectivamente los mecanismos de auto-sanción que normalmente los mantienen alineados con su propia imagen ética, en un proceso que es aprendido, social y funcional, y que resulta especialmente eficaz en entornos complejos donde la responsabilidad se diluye y el daño se vuelve abstracto.

El desenganche moral, formulado por Bandura, se articula a través de una serie de mecanismos psicológicos específicos (justificación moral, lenguaje eufemístico, comparación ventajosa, desplazamiento de la responsabilidad, difusión de la responsabilidad, minimización o negación del daño, deshumanización y atribución de la culpa a la víctima) que permiten distanciarse del daño, justificarlo o diluir la responsabilidad asociada a él. Estos mecanismos no actúan de forma aislada sino que tienden a combinarse y reforzarse mutuamente, especialmente en contextos políticos y sociales complejos, donde el sufrimiento fácilmente se percibe como lejano, fragmentado o administrado de forma técnica. Agrupar estos mecanismos en ejes funcionales nos permite comprender cómo se produce, se mantiene y se normaliza el desenganche moral en nuestro contexto social y político.

El primer eje opera a través de la distancia, la abstracción y la deshumanización. Cuando el daño se percibe como lejano (geográfica, cultural o simbólicamente) resulta más fácil reducirlo a cifras, categorías o narrativas abstractas. La abstracción desactiva la empatía y convierte el sufrimiento en información gestionable, mientras que la deshumanización, explícita o implícita, termina de romper el vínculo empático y moral con quienes lo padecen.

En contextos políticos y mediáticos contemporáneos, este eje permite que guerras, desplazamientos forzados o crisis humanitarias se integren en el discurso público sin generar una implicación ética sostenida. Así, incluso las biografías de exclusión más cercanas, pueden convertirse en incidencias administrativas, traducirse en porcentajes objetivos sin valor emocional y desplazar el debate hacia la gestión de los recursos municipales diluyéndose de esta manera la interpelación moral y ética que su presencia debería suscitar.

El segundo eje del desenganche moral opera a través de la justificación y minimización del daño. Cuando las consecuencias de una acción se presentan como necesarias, inevitables o menores en comparación con alternativas peores, el mal deja de evaluarse por lo que produce y pasa a legitimarse por el marco que lo explica. La comparación ventajosa (“podría haber sido peor”, “otros hacen cosas más graves”) y la minimización de las consecuencias permiten reducir la carga moral del daño causado o tolerado, transformándolo en un coste asumible. En el contexto político contemporáneo, este eje facilita que guerras, golpes de Estado, recortes de derechos o políticas excluyentes se presenten como decisiones responsables, realistas o inevitables, neutralizando así la posibilidad de una crítica ética sostenida.

En el ámbito municipal, este mecanismo se activa cuando la oposición acepta y acompaña medidas que erosionan sus propios principios bajo el argumento de que “las circunstancias obligan”, “no hay margen” o, en su versión más recurrente, “ahora no toca”, desactivando así cualquier evaluación ética del daño producido.

El tercer eje se articula en torno al desplazamiento y la difusión de la responsabilidad. El daño deja de percibirse como resultado de decisiones propias y se atribuye a instancias superiores, marcos normativos, imperativos técnicos o dinámicas impersonales. Cuando la responsabilidad se reparte entre muchos actores (instituciones, procedimientos, mercados o mayorías abstractas), nadie se reconoce como agente moral directo. En este contexto, la acción política se vacía de autoría ética y el sufrimiento producido o tolerado aparece como consecuencia inevitable de un sistema que “funciona así”, más que como resultado de decisiones humanas concretas.

En el ámbito local, se activa cuando las decisiones o resultados de gran calado y trascendencia política se justifican como simples efectos de marcos legales o informes técnicos que diluyen la responsabilidad política individual bajo la idea de que “es lo que marca la normativa”, “viene impuesto” o “no depende de nosotros”.

El cuarto eje opera mediante la inversión de la responsabilidad, desplazando la carga moral del daño desde quien actúa o decide hacia quien lo padece. Las víctimas dejan de ser percibidas como sujetos dañados y pasan a presentarse como responsables de su propia situación. La culpabilización de la víctima permite neutralizar la empatía y eximir de responsabilidad ética a instituciones, políticas o decisiones colectivas, transformando el sufrimiento en consecuencia merecida, evitable o autoinducida.

En el discurso neoliberal, este eje se activa cuando la pobreza, la exclusión o la violencia se explican en términos de falta de esfuerzo, mala adaptación o elecciones individuales. Se cierra de esta manera el círculo del desenganche moral.

En nuestro círculo político más íntimo, este mecanismo aparece cuando decisiones o resultados políticamente regresivos se justifican trasladando la responsabilidad a la militancia o a la base social (“fue lo que votó la militancia”, “es el resultado de las urnas”), bloqueando y deslegitimando con ello cualquier ejercicio posterior de responsabilidad política y de revisión ética de las decisiones adoptadas.

El marco del desenganche moral formulado por Albert Bandura permite comprender cómo la indiferencia política contemporánea no se explica tanto por la falta de valores, como por su desactivación selectiva. Los ejes descritos dibujan una función que muestra cómo el daño puede volverse lejano, justificable, impersonal o incluso ser atribuido a quienes lo padecen, hasta quedar integrado en la normalidad social y en la gestión política cotidiana. La conciencia moral no desaparece, se suspende de manera funcional, la responsabilidad se diluye y la violencia y el sufrimiento, simplemente, se administra.

Desde esta perspectiva, la cuestión central ya no es tan sólo institucional o ideológica, sino profundamente moral y psicológica. La política pierde densidad ética cuando nadie se reconoce como agente responsable y cuando el liderazgo se limita a gestionar lo inevitable. Resistir el desenganche moral implica reactivar la agencia y la militancia, asumir costes y sostener marcos de sentido que impidan que el daño quede neutralizado como mera técnica o procedimiento. Porque cuando la responsabilidad desaparece del horizonte colectivo, el problema no es que el mal avance, es que deja de ser reconocido como tal.

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