El hábito de la corrupción
La corrupción no es una excepción política, sino un hábito social aprendido que adopta formas distintas según la ideología.

No iba desencaminada nuestra Hannah Arendt cuando hablando de la banalidad del mal sugería que los grandes desmanes de la humanidad, entre ellos podemos incluir la corrupción, no surgen del demonio, sino del hábito, la obediencia y la costumbre.
Obediencia, hábito y costumbre no constituyen en sí mismos una exclusiva ideológica y están presentes en todos los aspectos de la vida, incluido el educacional.
Partiendo pues de esta premisa, quizá debamos admitir que la corrupción no es un mal intrínseco de los despachos. Empieza en los hogares (por ejemplo cuando te ordenan mentir de niño en la edad para beneficiarse de un descuento o no pagar en el bus), está presente durante todo el desarrollo (por ejemplo cuando copias en un exámen, cuando no enmiendas a quien se equivoca a tu favor al darte el cambio…) y afecta globalmente a toda la sociedad.
Al igual que el patriarcado, el racismo, el clasismo y tantos “ismos”, la corrupción se enseña, se aprende y naturaliza desde la más tierna infancia. Pierre Bourdieu, sociólogo francés conocido por su teoría de la acción y su concepto de habitus, ya nos sugiere en el desarrollo de su pensamiento, cómo ciertas prácticas y valores se van interiorizando hasta parecer naturales y cuando lo que se naturaliza es la trampa, la frontera entre el respetable ciudadano y el corrupto se vuelve simplemente una cuestión de escala.
La política es un altavoz donde no solo se amplifican los deseos de la sociedad, sus logros y sus discrepancias sino también sus contradicciones y sus vicios en magnitud proporcional al poder ejercido y lo que para un ciudadano de a pié puede ser un desliz, una falta leve, en el político se transforma en un delito gran magnitud que atenta y menoscaba lo público y transforma un contexto, donde los poderes deberían obrar con independencia, en una estructura de intención criminal.
Creo que llegados a este punto todos alcanzamos cierto consenso sobre que la corrupción no es patrimonio exclusivo de ninguna fuerza política o como reza el dicho “en todas las casas cuecen habas”, solo por ello debería quedar excluido como argumentario contra el contrario para no caer en el “y tú más” . No obstante, si aguzamos los sentidos, si que podemos adivinar que si bien la corrupción no distingue ideologías, si que adopta diferentes patrones según la cultura política o contexto ideológico donde tenga lugar.
Mientras que en la izquierda la gran mayoría de los casos de corrupción nacen ligados a la singularidad del corrupto, al goce inmediato, al vicio y al placer en la derecha la corrupción emerge como un mecanismo, un sistema organizado orientado a la perpetuación del poder, de la clase y la desigualdad.
Si bien el patrón de la izquierda responde a una pulsión del placer, a un deseo reprimido que en un determinado contexto sucumbe, se libera y desborda; la derecha roba para sostener su castillo. Si en la izquierda la corrupción se circunscribe en la mayoría de las ocasiones a los excesos individuales en la derecha responde a un modus operandi en equipo, donde se institucionaliza el saqueo a través de redes clientelares, rescates y amnistías y compra de privilegios fiscales.
Max Weber justifica como se legitimó el capitalismo dentro de una moral religiosa, donde el trabajo lejos de ser una maldición, se convierte en un deber moral, en una vocación que llevada al extremo dignifica y acerca a la santidad. El éxito económico es una señal de bendición divina y los errores, los fracasos y la pobreza son producto de la falta de disciplina o mérito. El dinero, deja de ser un instrumento y se convierte en una prueba de valor moral.
Y en este entorno la corrupción deja de convivir como pecado y pasa a ser una extensión natural del orden establecido, una forma de proteger el sistema de valores que para el pensamiento liberal garantiza el progreso y el mérito; no se roba para el placer o por impulso, sino para mantener un equilibrio de poder que se cree legitimado y justo.
Y así, mientras en la derecha la corrupción toma carta de naturaleza y apenas afecta al voto, en la izquierda genera repudio, abstención y desafección al tener componente de traición a los valores e ideales que dice defender y representar.
Esta paradoja, la de la corrupción, que en una de las orillas se banaliza, en la otra se vive como traición y sobre cómo la resuelve cada uno cuando es llamado a las urnas, es lo que determina el avance de las políticas liberales si quienes nos sentimos defraudados y traicionados, preferimos quedarnos en casa lamiendo la herida en lugar de seguir defendiendo unos ideales.
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