Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

El habitus del ventrílocuo

Por Roberto Pérez Pastor15 de mayo de 20264 min de lectura

Literatura, representación y apropiación de la voz colectiva

La literatura, en su vertiente más involuntaria, opera siempre como una autopsia del pensamiento de quien escribe. El autor, convencido de estar rescatando retazos de una memoria colectiva o de estar dando voz a los márgenes, suele terminar por firmar una confesión sobre las dimensiones exactas de su propio habitáculo mental. Nadie puede construir o imaginar un mundo sobre una materia prima que no ha integrado previamente en su sistema de valores. Es el resultado, en ocasiones, fatal de nuestros marcos cognitivos. Por eso, a veces, las obras no configuran un puente hacia los otros, sino un espejo que devuelve, con una nitidez cruel, la sisa estrecha de quien ha cortado el patrón, cosido la tela y ahora presume al vestirla.

Y es que en este tipo de expresión el lenguaje ocupa un lugar singular. A diferencia de otras artes, es el material donde el pensamiento se expresa con menos distancia, antes de que la técnica o forma logre ocultar las costuras. El lenguaje, como expresión del pensamiento, es la materialización de un sistema de disposiciones incorporadas como resultado del desarrollo social, que conforman nuestro sistema de creencias y que organizan la percepción antes de que el sujeto decida incluso cómo mirar. Es una expresión del habitus de Bourdieu. Aparece en los gestos que no se examinan, en las categorías que no necesitan justificación porque parecen simplemente describir la realidad. Y en la literatura, hace perceptible el marco cognitivo desde el que opera el autor, que se puede leer en los personajes y situaciones que describe, en el vocabulario y las etiquetas con las que da forma a la realidad que narra. De manera inevitable, en las palabras que utilizamos para narrar lo vivido y lo imaginado, depositamos, con una fidelidad que ninguna declaración de intenciones podría igualar, la cartografía moral e ideológica que nos define.

Por ejemplo, si alguien en algún momento se pregunta qué es lo que la ciudad de Oviedo no ha perdonado nunca a Clarín tras la lectura de su obra maestra, no es el contenido de su prosa sino, precisamente, el marco cognitivo del que brota.

En Cien años de Soledad o Los Santos Inocentes, la realidad que trasladan sus autores cruje desde una experiencia histórica profundamente incorporada, hasta producir en quien lee una forma de conciencia crítica y, a veces, un deseo de emancipación, incluso desde la primera lectura.

En ciertas operaciones de memoria prefabricada, el autor llega como anestesista dialéctico ya desde la presentación pública de la obra con una galería de personajes que habitan los márgenes de la ciudad y que exhibe como si dar nombre a la diferencia equivaliera a comprenderla. Lo que se vende como un gesto de reconocimiento es, en realidad, una operación de clasificación, una colección de estereotipos donde cada personaje ocupa el lugar que su tipo social le asigna y cumple la función que su etiqueta describe. Las situaciones y personajes quedan fijados dentro de los límites que el marco cognitivo del autor traza de manera inconsciente.

En un contexto como este, el puente sólo devuelve al autor a sí mismo. Es mero inventario. Y lo que el inventario revela, con la fidelidad involuntaria que solo la literatura puede producir, es quién merece nombre propio, quién recibe etiqueta y qué lugar ocupa cada uno en la ciudad que desde el texto el autor construye. La taxonomía moral desde la que el autor mira.

Hay obras que no comparecen solas ante sus lectores. Llegan precedidas por un pequeño aparato de legitimación: una sala, una autoridad, una convocatoria, una red de adhesiones, una comunidad a la que se invita a celebrar como política lo que en realidad es autopromoción.

Los canales políticos nacieron para hacer circular pensamiento colectivo. Manifiestos, ponencias, resoluciones, artefactos que antes de ser firmados ya pertenecían a todas y a todos. Quien dirige aprende pronto que esos mismos canales sirven también para convocar, para movilizar y para construir lealtades hacia dentro y hacia fuera.

El problema llega cuando la voz que esos canales construyeron (coral, acumulada, prestada por la militancia) se convierte en el trampolín de un proyecto solista. Ya no circula pensamiento colectivo. Circula la firma de quien lo administra. Y es en ese proceso de exacción para la promoción, donde el habitus de quien se dice representante se hace visible sin querer: la taxonomía moral con la que ordena la ciudad, los tipos a los que niega nombre propio, las etiquetas y tópicos que distribuye con la naturalidad de quien cree estar describiendo la realidad. Y en aquellos casos en que el habitus evidencia contradicción con aquello que se dice personificar, el secuestro de la representación se lee. Se hace tangible.

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