Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

El patrimonio de una victoria

Por Roberto Pérez Pastor27 de julio de 20266 min de lectura

[…] Porque, después de muchos años de militar y filosofar, nos quedará todavía la convicción de que esta agrupación es una cosa muy graciosa y divertida […]

Chun Ah Chun o El chinito de Honolulu, en la mayoría de ediciones españolas, es un relato corto que Jack London publicó en 1912 y que habla del ascenso social, la inteligencia estratégica y la acumulación de poder. Su protagonista es un inmigrante chino que llega a Hawái sin recursos y consigue construir una inmensa fortuna gracias a su capacidad para interpretar el funcionamiento real de la sociedad que lo rodea. Comprende los intereses, detecta las oportunidades, crea alianzas y transforma sus relaciones personales en una red de influencia.

A primera vista, el Honolulu colonial de Jack London parece tener poco que ver con las organizaciones políticas. Sin embargo, el cuento ofrece una metáfora útil para reflexionar sobre el momento que atraviesan algunas después de sus recientes primarias. No porque pueda identificarse al protagonista del cuento con un dirigente concreto, sino porque el relato permite analizar cómo se construye, se administra y se transmite el poder dentro de una comunidad.

Hay momentos en los que una organización entra en una fase de transición. Un liderazgo concluye, otro intenta abrirse paso y, durante un tiempo, las certezas desaparecen. Se habla entonces de renovación, de unidad, de integración y de cambio. Palabras todas ellas suficientemente amplias como para que cualquiera pueda pronunciarlas y suficientemente imprecisas como para que cada cual entienda algo diferente.

Las primarias despejan una parte de esa incertidumbre. Determinan quién gana, pero no resuelven por sí solas el problema político de fondo. Elegir a quien debe encabezar una organización suele ser relativamente sencillo. Reconstruirla, integrar sensibilidades diferentes y recuperar la confianza de quienes llevan tiempo observándola desde la distancia resulta bastante más complicado.

Aquí comienza el paralelismo con el cuento.

Chun Ah Chun prospera porque entiende que el poder no depende exclusivamente del dinero ni de las declaraciones públicas: es relacional. Consiste en saber quién necesita qué, quién confía en quién y cómo convertir vínculos dispersos en una estructura capaz de sostenerse en el tiempo.

En una agrupación política ocurre algo parecido. Las ideas son imprescindibles, pero rara vez bastan para ganar una elección interna. Con frecuencia cuentan más las relaciones personales, las corrientes, las afinidades generacionales y la confianza acumulada durante años.

Sería ingenuo escandalizarse por ello. Toda organización humana contiene relaciones de poder: allí donde varias personas deciden juntas aparecen alianzas, jerarquías y negociaciones. El problema no es que esos mecanismos existan. El problema comienza cuando desplazan a las ideas, se convierten en la verdadera finalidad de la organización y el proyecto colectivo termina definiéndose desde la singularidad una vez que las urnas han ordenado la jerarquía.

Una organización no puede reducirse a una suma de redes personales, ni funcionar solo como una maquinaria que se activa cuando se plantea un relevo en el liderazgo. Una militancia convocada únicamente para avalar, votar o legitimar decisiones termina siendo tan solo un recurso electoral interno, no una comunidad política.

Puede existir integración formal sin pertenencia real; figurar en el censo, acudir a las votaciones, incluso ocupar un cargo, y seguir sintiéndose ajeno a los espacios donde de verdad se decide. Estar afiliado no equivale a sentirse escuchado.

En el relato de London, el protagonista logra entrar en una sociedad que se beneficia de su actividad económica sin dejar de mirarlo como a un extranjero. Salvando las distancias, cualquier agrupación política dispone de una periferia semejante: militantes formalmente incluidos, pero políticamente invisibles.

Las primarias ofrecen una fotografía razonablemente fiel de las fuerzas existentes, pero no explican por sí solas qué proyecto puede unirlas. Detrás de cada resultado hay personas, expectativas y formas distintas de entender la organización, y esos apoyos no se disuelven cuando se cierra el escrutinio; permanecen dentro, a la expectativa de lo que se hace con ellos.

La primera decisión política de quien gana consiste en determinar qué significado concede a su victoria: puede comportarse como propietario del resultado, como administrador de una coalición provisional o como constructor de una organización más amplia. Las tres posiciones producen futuros distintos, y esa decisión suele tomarse antes de lo que parece. A veces la toma otra persona, con su renuncia, antes de que el vencedor haya tenido tiempo de tomarla él mismo.

Chun Ah Chun no solo acumula capital, dedica su inteligencia a ordenar la transmisión de lo acumulado, porque comprende que conquistar una posición y garantizar su continuidad son problemas distintos. Que una organización amanezca administrada por una gestora justo cuando debería estar celebrando una victoria es la prueba más literal de esa distinción. Se ha resuelto quién la representa puertas afuera y queda pendiente, todavía, quién la sostiene puertas adentro.

La lógica patrimonial conduce a pensar que ganar concede el derecho a ocupar la estructura y sustituir una red por otra; entonces la organización empieza a concebirse como territorio de una candidatura. La lógica democrática debería ser distinta. Ganar unas primarias concede legitimidad para liderar, no propiedad sobre la organización, y liderar significa también integrar a quienes no ganaron, compartir información y aceptar que discrepar no equivale a traicionar.

El verdadero examen llegará cuando la organización política tenga que salir de sí misma. Fuera de sus muros no competirá contra sus propias familias internas, sino contra quien gobierna la ciudad con mayoría absoluta. El reto no es que la militancia acepte un candidato, sino persuadir a una ciudadanía mucho más amplia y, en su mayoría, ajena a los códigos del partido. Una estrategia puede ser muy eficaz para ganar dentro y del todo insuficiente para ganar fuera: puede conocer con precisión censos, lealtades y agravios propios, e ignorar lo que preocupa a los barrios o a quienes nunca han pisado una asamblea.

Una organización cohesionada no es aquella en la que nadie discrepa, sino aquella donde la discrepancia no rompe la cooperación. La unidad no consiste en el silencio de quienes pierden, sino en reglas y espacios compartidos que permiten seguir trabajando juntos: no se proclama en fotografías ni llamamientos, se demuestra en quién compone los equipos y quién comparte información.

La pregunta importante, después de todo esto, ya no es quién ha ganado, sino qué clase de organización queda cuando se recogen las urnas y solo permanece, gobernando de forma provisional, un grupo de personas encargadas de que las luces sigan encendidas.

Chun Ah Chun terminó construyendo una fortuna. Una organización política debería aspirar a algo más difícil: construir una comunidad que no dependa de quién la administre esta semana. Quizá por eso London hace que su protagonista, después de toda una vida acumulando riqueza y poder, termine contemplando el mundo con una sonrisa irónica, convencido de que “este mundo es una cosa muy graciosa y divertida”.

Con una gestora ordenando los papeles a la espera del próximo capítulo, solo el tiempo permitirá distinguir si la organización atraviesa una transición o se limita, una vez más, a gestionar y ordenar la transmisión de lo acumulado.

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