El espacio entre ovaciones
Hay una forma de hacer partido que no cabe en una cartilla de asistencias.

He pasado a limpio, consolidado e integrado, de madrugada, enmiendas a las ponencias de los congresos que no eran mías, dentro de los grupos que coordinaba. Algunas eran de Almudena Cueto. Todas llevaban su trabajo.
Lo cuento porque estos días circula por la agrupación una pregunta que se presenta como inocente y no lo es: quién es Almudena, que no se la ve, que no coincide con nadie, que no aparece. Se formula como constatación: “no la conocemos”, pero opera como acusación: no milita y no tiene legitimidad para presentarse, se la sitúa al margen y se la intenta silenciar. Entre una cosa y otra hay un salto que conviene mirar despacio, pues se juega algo más grande que una candidatura. Lo que está en juego es qué clase de militancia está dispuesto a reconocer el partido.
La ciencia política lleva medio siglo separando dos cosas que el lenguaje corriente confunde. Una es estar por alguien; ocupar un lugar, dejarse ver y encarnar una presencia. La otra es actuar por; hacer el trabajo del que la representación se compone. Lo primero es simbólico e improductivo y se mide en asistencia, en fotos, en tiempos de ovación y presencias a los actos. Lo segundo es sustantivo y se mide en lo que una o un militante aporta al cuerpo común.
Porque se milita de muchas maneras. Hay quien le da al partido una cara: está en cada acto, en cada foto, en cada aplauso; esa presencia también sostiene una organización. Hay quien le da manos: gestiona, arma la intendencia sin la cual no hay campaña ni asamblea. Y hay quien le da pensamiento: quien redacta la enmienda que corrige una ponencia, quien discute el matiz que mueve una posición y construye el material con el que después otros se hacen la foto para el aplauso. Las tres formas hacen partido solo la primera se deja contar en una cartilla de asistencias.
A Almudena yo la encontré en la tercera.
La conocí comprometida en las listas de Wences, y desde entonces hemos coincidido en asambleas: unas veces del mismo lado, otras no, que de eso se trata también la militancia. Donde siempre ha estado es en los grupos de trabajo de enmiendas a las ponencias. Lo sé porque durante mi etapa como Secretario de Programas y Estrategia fui yo quien pasó a limpio esas aportaciones en los grupos que me tocó coordinar y las integró en el conjunto de las de la agrupación. Hablo como testigo, hablo de textos que pasaron por mis manos con su pensamiento dentro, como el de otros tantos compañeros y compañeras que tampoco asisten a las romerias.
Por eso, si alguien no ha coincidido con Almudena, antes de acusar, señalar y negar un derecho, debería saber que entre una ovación y la siguiente en la agrupación hay un espacio, cada vez más estrecho y vacío, menos visible, en el que también coincide la militancia; es el espacio en el que se leen documentos, se discuten ideas, se corrigen posiciones y se construye identidad política; es el trabajo que permite que después haya algo que defender desde una tribuna o atril y algo que aplaudir desde una silla.
Existe una diferencia entre organización, un aparato técnico que se puebla y al que se asiste, e institución, una estructura infundida de valor por quienes la habitan. La diferencia no es de tamaño; es de qué reconoce cada una como pertenencia. Un partido que solo cuenta la presencia, que solo premia al que aplaude, que reduce la militancia a la cartilla del palmeo, se está eligiendo a sí mismo como organización y no como institución. Y con esa elección no deja fuera solo a Almudena; deja fuera a todas las personas que hacen partido sin ocupar el centro del encuadre: a quienes organizan, redactan, piensan, cuidan, sostienen y trabajan sin convertir cada contribución en una exhibición de sí mismas.
Negarle a alguien el derecho a presentarse sobre esa base (no la conocemos, luego no cuenta) no es un juicio sobre esa persona; es un juicio sobre qué clase de militancia estamos dispuestos a reconocer como partido. Aplicado con coherencia, ese criterio expulsa justo a quien construye; al que aporta pensamiento en lugar de presencia, al que llena el texto en lugar de la foto. Un partido que hace eso no se protege de quienes llegan sin haber contribuido; se vacía de quienes contribuyen sin hacerse visibles.
Cuando alguien afirma que no sabe quién es Almudena Cueto, no está describiendo a Almudena. Está revelando qué formas de militancia reconoce y cuáles permanecen fuera de su campo de visión. Y el problema no es que Almudena no estuviera; el problema es que algunos solo saben mirar hacia el lugar donde se produce la ovación, no hacia donde se escribe lo que aplauden. Y un partido que solo mide la militancia a través de la asistencia y la estridencia del aplauso se queda, antes o después, sin nada que aplaudir.
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