Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Entre el entusiasmo y la solvencia

Por Roberto Pérez Pastor16 de julio de 20262 min de lectura

No basta con prometer resultados; hay que poseer la capacidad de producirlos.

A lo largo de mi vida he participado de manera activa en la toma de decisiones en varios procesos electorales; cada vez que alguien en un grupo de trabajo esgrimía la ilusión como argumento, me empezaba a picar el cuerpo. La ilusión como argumento siempre aparece cuando el trabajo realizado es insuficiente, cuando no hay diagnóstico, ni estrategia, ni organización, ni una explicación convincente de cómo convertir las aspiraciones en resultados. La ilusión es el recurso utilizado para cubrir con entusiasmo los huecos que deja la falta de experiencia, el conocimiento y el trabajo.

La ilusión se vende en las ventanillas de la lotería y en las casas de apuestas y su funcionamiento es siempre el mismo. Se promete un resultado extraordinario, se paga por adelantado y quien sostiene el negocio gana siempre. La ilusión no es un proyecto. Es un producto. Y, como todo producto, está pensado para venderse y guarda dentro el mismo truco que la máquina tragaperras: el que entra convencido de que va a ganar es la condición para que gane otro.

La política no puede reducirse a afirmar que ganar es difícil, pero posible. También la lechera del cuento creyó posible multiplicar su fortuna antes de llegar al mercado. Su problema no fue la falta de entusiasmo, sino confundir sus deseos con la realidad.

La ilusión es un trampantojo entre la esperanza y el engaño: es lo que parece estar y no está. En política funciona como el espectáculo de un ilusionista que parece sacar mil conejos de la chistera y arranca el aplauso, pero que al terminar la función, el conejo sigue siendo el mismo y la chistera sigue vacía. El espectáculo no transforma nada: repite.

Aspirar a gobernar exige algo más que el optimismo del jugador, pero también algo más que oficio de gestor. La competencia administrativa es condición, pero no proyecto. Uno puede saber de mecánica, pero no tener idea de conducir. Saber cómo funciona la maquinaria no dice nada sobre hacia dónde se la quiere mover, ni sobre si uno podrá moverla cuando la maquinaria empuje en sentido contrario. La ilusión no basta; la gestión, tampoco.

La solvencia que Oviedo necesita no se agota en gestionar la inercia: es la capacidad de transformar la esperanza de militantes, vecinos y vecinas en una mayoría; esa mayoría, en decisiones; y esas decisiones, en políticas públicas que mejoren de verdad la vida de la ciudad. Tangibles.

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