Entrismo y declive ideológico
Cuando las siglas ofrecen asilo a náufragos politicos y trabajan sobre marcas personales no sobre un ideario, los partidos dejan de ser comunidad y se vuelven cascarones vacíos.

El entrismo, nació en el pensamiento trotskista como estrategia política en la que un grupo pequeño y con objetivos ideológicos definidos se introduce en una organización mayor con el objeto de influir o desplazar el pensamiento dominante y, en el mejor de los casos, llegar a controlarla desde dentro.
Hoy vivimos tiempos en los que el individualismo coloniza todas las esferas. Hoy el camino que nos condiciona las redes sociales, medios de comunicación, coach y demás insustanciales influencers -incluidos aquellos que se ajustan la corbata frente al espejo del baño-, es el de que cada persona ha de vivir según sus propias decisiones y deseos, por encima incluso de las normas y tradiciones.
Precisamente por el triunfo del individualismo, hoy en día, una estrategia entrista colectiva en una organización, es muy poco probable. Pero el entrismo se sigue sucediendo de manera individual. Las siglas que sobreviven en el espectro político, dan asilo a individuos de cualquier espectro y orientación que acuden de proyectos fracasados de cualquier punto cardinal ideológico.
En este contexto, ante el progresivo predominio del verso libre, se relega el proyecto común del grupo, el discurso colectivo se moldea a la marca personal de cada miembro, se vacía la cultura de partido, se pierde el hilo ideológico y los atriles en las asambleas se convierten en una pasarela de modelos y el partido en una suma de carreras personales camino de su propia irrelevancia.
Hay ciertos indicadores que apuntan cuando una organización está herida de muerte ideológicamente y parasitada por librepensadores:
.- El debate estratégico y político se reduce a la supervivencia y visibilidad individual y a la construcción de la imagen personal de un líder, la agenda política que marca el programa o el modelo de sociedad a conquistar, se aparca en favor de encuestas, listas o pactos orientados a cuotas.
.- La asistencia y participación: reducida a mínimos porque la militancia desafectada, no se siente representada y pierde su sentido de pertenencia.
.- Los informes de gestión. que se convierten en deshilachados e individuales listas de actividades de representación, incapaces de articular entre todas un discurso comprensible con denominador común ideológico desde el poder operar como equipo.
.- Los errores en la transmisión de la historia, cuando se desconoce la tradición que dio sentido al proyecto colectivo y en ese desconocimiento se confunden Pablos y Pedros y no pasa nada; los referentes de la organización ya no es que se olviden, es que están ausentes en el imaginario del recien entrado.
Cuando aparecen estos indicadores, a quienes seguimos creyendo en la igualdad como principio rector, la justicia social como horizonte, la democracia y la transparencia como método y los partidos como instrumentos de transformación social, deberían encenderse todas las luces de alarma ya que iniciamos un periodo donde ya no hablamos de un partido vivo, sino de un cascarón vacío.
Evidentemente no basta con diagnosticar. Es urgente reaccionar y recuperar la cultura política como proyecto común, reforzar la formación ideológica, exigir coherencia y devolver el protagonismo a la militancia; sin miedos ni recelos. Identificar y desterrar el oportunismo y reconstruir espacios colectivos donde la ideología y el deseo colectivo vuelva a ser brújula y motor, solo así se consolidan liderazgos legítimos y sólidos que logran sustanciar utopías.
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