Identidad y desaparición de lo común
En tiempos de individualismo identitario, el yo se impone como verdad cerrada, y el otro desaparece como sujeto legítimo.

Hasta no hace mucho, nuestra identidad era tejida a través de las miradas de los demás. Ya Hegel intuyó que el yo no nace en soledad, sino en el roce con el otro, en un proceso de reconocimiento recíproco que permite saberse alguien. La identidad, hasta ahora, no era una introspección privada, sino una construcción relacional: no éramos tanto lo que sentíamos como lo que los demás nos devolvían. El otro actuaba como espejo, y en ese reflejo -a veces amable, a veces doloroso- íbamos modulando nuestra imagen y tanteando sus contornos. Nos reconocíamos o nos negábamos.
Este proceso, lento, incómodo, pero inevitablemente social, puede entenderse como una forma primitiva de performatividad: la persona actúa y el entorno responde, y con esa interacción, uno iba esculpiendo su idea de sí. La construcción del yo era entonces un proceso dialéctico, expuesto a los límites y validaciones que imponía la mirada ajena. Un yo relacional, que no se afirmaba por decreto, sino por contraste.
La modernidad -o, quizá con más precisión, el individualismo contemporáneo- ha trastocado radicalmente este equilibrio. El sujeto se ha erigido en centro y origen de todo sentido, emancipado de toda mirada exterior. El yo ya no se construye con el otro: se impone al otro. El reconocimiento ha dejado de ser una danza mutua para convertirse en un acto singular y unilateral.
Hoy, desde una lógica profundamente egocéntrica, uno “afirma” lo que es como quien dicta una ley, sin más validación que la convicción íntima, sin más prueba que el propio deseo. No hay proceso, ni interacción, ni tensión. Solo un enunciado: “soy esto”, seguido de una exigencia: “y tú debes verlo así”. El otro, con su percepción, con sus dudas, con su propia experiencia del mundo, ya no importa. No se le pide que nos refleje, sino que acepte sin fisuras nuestra versión definitiva de nosotros mismos.
Esta tensión entre el yo que se declara y el otro que debería reconocerlo no es nueva. Ya aparece, con lucidez premonitoria, en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Cervantes. Don Alonso Quijano no solo construye una nueva identidad -la de caballero andante-, sino que la decreta, la asume como verdad inapelable y actúa en consecuencia, con una coherencia que no admite enmiendas.
Su identidad no se negocia, no se adapta, no se valida en el contraste con el entorno. Es un yo imperativo, que exige reconocimiento aunque sea a través de la farsa, del engaño, de la violencia simbólica o del ridículo. En ese sentido, el Quijote anticipa una lógica en el desarrollo de la identidad en contra de toda performatividad, por ser declarativa y soberana. Lo que importa no es lo que el otro ve, sino que el otro acepte lo que se le dice que debe ver.
En este gesto del Quijote -declarar quién es y exigir que los demás lo vean así, más allá de toda lógica o evidencia externa- se anticipa una de las tensiones más profundas de nuestro tiempo: la transformación del reconocimiento en mandato.
La teoría queer, especialmente en la obra de Judith Butler, viene a asegurar que la identidad es una construcción performativa. Por ejemplo, no se es hombre o mujer por naturaleza, sino a través de una repetición de actos, gestos y relaciones que configuran una posición dentro del orden simbólico. El género, en este marco, es un proceso dinámico, expuesto a validación, fricción y reconstrucción constante.
Sin embargo, buena parte de la recepción social y mediática de estas ideas ha mutado radicalmente el planteamiento inicial y lo performativo ha sido sustituido por lo declarativo. Hoy, la afirmación identitaria ha dejado de entenderse como un proceso en interacción con el otro -como una narrativa que se prueba, se contrasta y se encarna- para convertirse en un enunciado autorreferencial que exige ser creído, ratificado y protegido, -incluso legalmente- de toda discrepancia.
Como el Quijote, algunos discursos actuales no se conforman con expresar una vivencia: exigen que los demás modifiquen su percepción para adaptarse a ella, aunque ello implique negar lo que se ve, lo evidente, lo que se interpreta o lo que se duda. No se trata ya de vivir una identidad distinta a la que otros reconocen, sino de obligar al otro a dejar de reconocer lo que percibe. El yo se convierte en decreto, y el otro en aparato legitimador.
Y estas nuevas formas de afirmación identitaria no solo tensionan la relación entre el yo y el otro, llegan a desdibujar, cuando se absolutizan, las identidades colectivas que han sido construidas históricamente desde la diferencia, la lucha y el reconocimiento mutuo. En el momento en que cualquier identidad se afirma exclusivamente desde lo declarativo y exige ser validada sin fricción, se produce un fenómeno inquietante: otras identidades, especialmente las que nacen de experiencias materiales compartidas -como por ejemplo el hecho de ser mujer, si seguimos con el ejemplo del género-, pierden contorno, visibilidad y especificidad.
Si el género, por seguir con el ejemplo, dejase de estar vinculado a un marco simbólico, político y corporal común -con sus realidades, sus violencias, sus conquistas- y pasase a ser una categoría líquida que pudiera ser ocupada por cualquiera con solo declararlo o sentirlo desde su singularidad, lo que se presenta como ampliación, desgraciadamente se transforma en lo contrario y deviene en borrado.
Cuando cualquiera puede ser algo solo con decirlo, ya nadie necesita encarnar las condiciones históricas, materiales y sociales que hacen de esa identidad algo colectivo. El riesgo, entonces, no es solo la confusión conceptual, sino la disolución política: ¿Cómo seguir defendiendo, por continuar el ejemplo, los derechos de las mujeres si el sujeto político “mujer” ya no puede ser definido sin ambigüedad?
En este sentido, la identidad declarativa, pensada como liberación del yo, puede acabar colonizando los espacios simbólicos de otras identidades legítimas, erosionando las fronteras que les daban visibilidad, cohesión y fuerza política. Hoy el ejemplo más evidente es el del género, pero no es el único. También están en juego la clase social, la discapacidad, la pertenencia étnica o cultural, la orientación política o incluso la memoria democrática. Constructos o conceptos que no solo nombran sino que articulan y sostienen el pensamiento que se deriva de ellos: la justicia social, la equidad y las conquistas colectivas.
El riesgo y el daño va más allá de lo conceptual y trasciende a lo político, porque si todo puede ser “yo” sin experiencia ni comunidad, entonces nada puede seguir siendo “nosotros” con legitimidad compartida. El sujeto colectivo se diluye y la lucha común se fragmenta en una suma de demandas individuales, sin memoria, sin proceso ni cuerpo.
No hay identidad sin tensión, ni comunidad sin desacuerdo. Si dejamos que lo colectivo se diluya en declaraciones individuales, perderemos el lenguaje, el marco y la fuerza para defender lo que nos une. El reto no es evitar el conflicto, sino cultivar en medio de él un espacio común, un nosotros que no borre, que no imponga, que escuche y sostenga. Defender lo común no es negar la singularidad, sino ponerle raíces porque sin cuerpos, sin memoria y sin lucha compartida, el yo no se libera: se evapora.
Comentarios y debate
0 intervencionesCargando sistema de comentarios...
Pensamiento crítico sin ruido mediático
Si buscas reflexiones sobre los desafíos de la democracia, la izquierda y la política contemporánea, recibe cada nuevo ensayo de La Escandalera directamente en tu correo.