La espiral del silencio
Nadie necesita cambiar de convicciones para que un país o un partido cambien de rumbo: basta con que los discrepantes callen o se marchen. Los líderes crecen mientras se vacía lo que los rodea.

En los últimos días de julio, según el Ministerio del Interior, entraron en Ceuta unas 72.000 personas. Tras esta entrada, la conversación política y las movilizaciones posteriores incorporaron, con una naturalidad que fue creciendo, un lenguaje que desplazó la migración del terreno político, económico y, sobre todo, humanitario al plano de la amenaza colectiva: invasión, expulsión y caza. Esas expresiones, procedentes durante años de espacios propios y marginales de la extrema derecha, encuentran ahora un escenario mucho más amplio y una seguridad expresiva diferente; tanta, que parecen avaladas por una amplia mayoría.
Concluir que la sociedad española, de repente, se ha vuelto racista sería una explicación cómoda, pero demasiado reduccionista. Es algo más complejo; el mecanismo que nos interesa ocurre un poco antes, justo cuando cambia el clima y el contexto en el que determinadas opiniones se expresan. Quienes hace años no asumían el coste social de formularlas públicamente encuentran ahora hilos de opinión semejantes y públicos dispuestos a celebrarlas; y al otro lado, quien discrepa descubre que intervenir frente a ese aplauso exige explicar, matizar y sobre todo defenderse.
Las opiniones no compiten por convencer, sino por parecer normales, extendidas y manifestables públicamente y, cuando lo consiguen, no cambia necesariamente lo que se piensa; cambia lo que se percibe como decible.
Solomon Asch fue un psicólogo social que demostró a principios de los años cincuenta que una mayoría unánime puede llevar a alguien a negar en voz alta lo que ve con sus propios ojos, y también observó que cuando la respuesta se daba por escrito y en privado, o cuando una sola persona rompía la unanimidad, la conformidad se desplomaba. Elisabeth Noelle-Neumann, politóloga alemana, experta en comunicación, trasladó esa presión al terreno de la opinión pública y la midió con encuestas. Para ella, cada persona observa y evalúa de manera continua su entorno e infiere, con lo que llamó un órgano cuasiestadístico, qué opiniones parecen dominar, cuáles ganan terreno y cuáles decaen.
Esto es importante porque nadie habla desde el vacío; expresar una opinión supone también valorar el coste de hacerlo. Noelle-Neumann llama a este coste miedo al aislamiento: cada persona calcula cómo se trata en una determinada situación la discrepancia y cómo se premia el alineamiento, y elige en consecuencia entre la prudencia, la vehemencia o el silencio.
Es un mecanismo que desborda al individuo; cuando unos hablan, otros callan y, en un momento determinado, la distribución visible de las opiniones varía y empieza a deformarse. A partir de ese momento, una postura aparece con mayor frecuencia y confianza; otra se escucha menos. La desigualdad expresiva modifica la percepción de los demás y alimenta el proceso en una espiral que no exige que nadie cambie de opinión, solo que algunos callen. Una opinión no necesita ser mayoritaria para comportarse como si lo fuera; basta con hacer más ruido sobre el silencio.
Floyd Allport, hermano de Gordon y psicólogo empeñado en explicar lo palpable sin recurrir a constructos que nadie puede observar, desconfiaba ya en 1937 de conceptos como “la mente colectiva” o “la opinión pública” cuando se tratan como si tuvieran existencia propia. Para Allport, la sociedad y lo público no piensan; piensan personas concretas, y esto obliga a desplazar la atención al contexto completo y observable: quién expresa una opinión, cuántos la sostienen explícitamente y bajo qué condiciones la manifiestan. Marca una frontera decisiva entre la distribución real de las opiniones y su representación pública, el ruido frente al silencio; lo que aparece en la prensa o alza la voz en las asambleas no representa necesariamente lo que piensa la mayoría. La aparente unanimidad puede ser solo el retrato de quien ha conseguido ocupar el espacio público. También en Ceuta.
Las personas, con independencia de la amplitud del contexto social en el que estemos, no dejamos de observar nuestro entorno ni de realizar esas inferencias cuasiestadísticas a las que se refiere Noelle-Neumann. No solo en referencia a un contexto amplio de país, sino también en espacios más reducidos, como una organización política, los militantes aprenden a identificar qué posiciones circulan con facilidad, cuáles provocan aplausos, quién asciende, quién desaparece de determinados espacios y qué ocurre cuando alguien contradice públicamente una decisión u opinión. No son necesarias instrucciones explícitas; basta con observar para comprender qué opiniones parecen tener futuro en la organización y cuáles empiezan a quedarse sin él aunque no vayan acompañadas de mayorías.
En su libro El poder de los sin poder, Václav Havel describía a un verdulero que coloca en su escaparate una consigna, “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, en la que no cree. En la realidad que hoy vivimos y en la sociedad que este mecanismo va dejando, lo importante, lo que cuenta, no es la adhesión íntima al mensaje, sino la participación, aunque sea desde el silencio, en su representación pública.
En una organización democrática, este mecanismo difiere en intensidad y consecuencias, pero su lógica de funcionamiento permite establecer analogías suficientes para comprender que no hace falta que una mayoría esté convencida para contribuir a dar una imagen de consenso. Se participa, se asiste, se vota, se guarda silencio o se aplaude. La imagen de consenso alcanza así también a quienes callan sin otorgar, aunque no formen parte del aplauso.
En ese punto, la expresión “la militancia piensa”, como “la mente colectiva”, no explica nada por sí misma. Allport nos obliga a pensar en quién es exactamente esa militancia que piensa. Si medimos la opinión contando solamente a quienes están en la sala, o a quienes han ejercido su derecho de voto, deberíamos preguntarnos también quién se ha quedado fuera y quién permanece dentro, pero ya no habla y tampoco vota. La unanimidad que así se observa tiene la lengua bífida de las serpientes; la componen dos realidades: la que habla desde la proclama y la que lo hace desde el silencio. Ambas protagonizan la misma fotografía, pero la imagen no es prueba suficiente de consenso. El silencio de quienes discrepan refuerza la apariencia de unanimidad, y esa apariencia produce más silencio. Es la espiral de Noelle-Neumann con alma progresista.
Entonces aparece algo que se presenta más como estrategia de fuerza que como último recurso para conservar la mayoría: el hiperliderazgo. Una organización que silencia su propio capital simbólico y reconduce su identidad hacia una sola figura, una dirección sin apenas contestación visible, órganos internos que reproducen amplios consensos y una militancia que, al menos en la superficie, acompaña. Esa lectura omite deliberadamente el silencio, y es el silencio de los que callan o se han ido el que revela que lo que en realidad se observa no es el crecimiento del líder, sino cuánto ha menguado todo lo que antes existía alrededor.
Una organización puede concentrar progresivamente su representación en una persona mientras pierde, al mismo tiempo, participación, capacidad de convocatoria, autonomía de sus estructuras intermedias o disposición de sus miembros a intervenir. En esas condiciones, el liderazgo parece ocupar cada vez más espacio porque el espacio disponible se ha ido vaciando. Es un hiperliderazgo por vaciamiento: un trampantojo en el que el dirigente parece más grande a medida que la organización que lo contiene se hace más pequeña.
Hoy la política se parece demasiado al cauce de un río de hiperliderazgos vaciados, levantados en todas sus orillas, construidos con materiales sorprendentemente parecidos: proclamas, adhesiones rituales, clientelismo y una creciente dificultad para escuchar lo que incomoda. Alrededor de cada líder aparecen los verduleros de Havel; pocos creen en la consigna y participan de ella, otros la colocan en el escaparate y una mayoría calla, se aparta o deja de acudir. El resultado es una imagen de fortaleza que puede ocultar exactamente lo contrario.
Cada hiperliderazgo reclama representar una mayoría mientras adelgaza el espacio común en el que esa mayoría podría reconocerse. Líderes cada vez más grandes y organizaciones cada vez más pequeñas; proclamas cada vez más rotundas y un diálogo cada vez más pobre.
En Ceuta, el mayor fracaso no está solo en las proclamas que unos y otros normalizan, sino en lo que esas palabras consiguen ocultar y silenciar. A un lado, el drama humano convertido en amenaza, invasión o desorden; al otro, en símbolo y argumento moral. Con lenguajes, responsabilidades y consecuencias distintas, ambas orillas terminan haciendo algo parecido: usar a las personas como materia prima de propaganda.
Mientras los extremos se disputan la interpretación, queda en medio lo que ninguno nombra: antes que inmigrantes, cifras, fronteras o consignas, hay personas y el verdadero vaciamiento político empieza precisamente ahí, cuando el sufrimiento humano y sus consecuencias dejan de interpelar y pasan a servir para imponer un relato.
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