Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La herencia como coartada

Por Roberto Pérez Pastor17 de abril de 20264 min de lectura

Cuando la memoria deja de interpelar el presente y se administra como legado, el conflicto no desaparece: se gestiona a conveniencia.

Hay quien en sus paseos se detiene en el campo santo a escuchar los gritos y las voces de los que yacen amontonados en fosas de extramuros, escenifica la empatía por quienes dieron su vida por un ideal que aseguran compartir con gestos impostados de quienes recogieron testigo, pero cuando hay que presentar cara públicamente silencian las voces que afiman les motivan, ponen sordina a esos valores por los que otros murieron, y con ellos se rompe el relevo y se silencia toda dialéctica que mantiene viva la llama.

Basta con leer cómo desde sus atriles más íntimos narran la proclamación de la República para entender lo que hacen con ella y comprender el mecanismo que silencia, que amortigua o incluso anula la fuerza de quienes aseguran representar. El relato se reconstruye desviando la inercia que acumula décadas de pugna por los valores que inspiraron su proclamación: los mismos que nuestro propio partido enuncia en las resoluciones de sus congresos, igualdad, libertad, fraternidad, y que en el mismo aliento subordina a la lealtad al pacto constitucional de 1978 y que son comunes a todas las izquierdas democráticas. La República como herencia declarada; la Constitución, de momento, como marco real. Y ese repliegue se transforma en un emotivo recorrido turístico desposeído de conflicto: ciudadanos que avanzan por calles reconocibles, banderas que se izan en edificios conocidos, autoridades que toman posesión de despachos que siguen existiendo. Un itinerario. Una ciudad que transita de un régimen a otro con la misma cadencia con la que se recorre un casco histórico. Las categorías que lo hicieron posible, la clase social, el movimiento obrero, la desigualdad material, no aparecen. Lo que desaparece no es un detalle, es la estructura. No hay antagonismo porque no hay partes. No hay ruptura porque no hay nada que romper. La República llega como llegan ciertas primaveras: sin que nadie la haya ganado y sin que nadie la haya perdido. El impulso, en vía muerta.

No es un fenómeno nuevo ni exclusivo. Toda memoria de ruptura corre el riesgo de ser desactivada por quienes más la invocan. El pasado emancipador es un capital político que se puede gestionar de dos maneras: se puede activar, dejar que interpele el presente, que exija, que incomode o se puede patrimonializar, convirtiéndolo en herencia que se custodia, se visita y se exhibe sin que obligue a nada. La segunda operación es más frecuente y más eficaz que la primera, porque no requiere censura. No suprime la memoria. La museifica. Y un museo no transforma nada, tan solo es el acta de que algo existió.

Lo que opera aquí no es hipocresía en sentido estricto. La hipocresía implica conciencia del engaño. Lo que opera es algo más preciso y más difícil de percibir y desmontar: la apropiación del símbolo vaciado de su contenido dialéctico. Se toman las credenciales, los mártires, los valores, la tradición de lucha, y se conserva su forma mientras se neutraliza su exigencia, su razón. El signo republicano permanece, pero desaparece su capacidad de interpelar. Y esto no es accidental. El símbolo activo sería una condena para quien lo invoca sin asumir sus implicaciones; el símbolo museificado es una coartada. Quien así lo administra no traiciona la representación desde fuera. La secuestra desde dentro, con las propias credenciales de los representados. Y ese secuestro tiene un efecto preciso: anula el disenso interno antes de que se articule, porque cualquier impugnación choca con la forma intacta del símbolo. La estructura queda blindada. No por la fuerza, sino por la apropiación.

Representar no es hablar sobre alguien. Es actuar de tal manera que quienes otorgaron el mandato puedan reconocerse en lo que se hace con él. Cuando esa condición se rompe, no hay representación: hay sustitución. Y la sustitución más eficaz no es la que opera desde la distancia o la traición declarada, sino la que se ejerce desde el interior del símbolo, con su lenguaje, sus gestos y sus muertos. Quien ocupa esa posición no solo deja de representar a quienes dice representar: se convierte en el obstáculo estructural que impide que otro lo haga. Administra el acceso al símbolo. Decide quién puede invocarlo y en qué términos. Y como lo hace desde dentro, con las credenciales intactas, cualquier cuestionamiento aparece como profanación. No como crítica legítima sino como ataque a la memoria. El mecanismo es perfecto en su economía porque no necesita reprimir el disenso, lo descalifica antes de que tome forma.

Y así se vuelve al campo santo. Se depositan flores sobre las fosas. Se guarda un silencio apropiado. El gesto es impecable en su forma y completamente neutro en su contenido: no convoca nada, no exige nada, no prolonga nada. Un recuerdo implica continuidad, algo de lo recordado que sigue vivo y exigente en quien recuerda. Las flores sin programa no son un recuerdo. Son el cierre del episodio turístico que da paso a la primavera. Se depositan para dar por concluido, no para mantener abierto. Para certificar que algo existió pero que ya no obliga a nada. Los muertos, perfectamente administrados. La llama, perfectamente extinguida. No es memoria. Es administración.

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