Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La lógica desigual de la corrupción

Por Roberto Pérez Pastor6 de diciembre de 20256 min de lectura

La corrupción no opera igual en todo el espectro político: en la derecha articula poder; en la izquierda lo interrumpe.

Las bodas son en todas las culturas expresiones máximas de cohesión comunitaria. El Padrino abre su narrativa con una: la de Connie Corleone, hija de Don Vito. A través de esta escena, Coppola introduce el mundo social y moral de la famiglia, donde se exponen personajes y jerarquías, se muestran roles, tensiones y vínculos sin recurrir a más explicación que lo que se ve.

Pero la boda de Connie no es solo un rito familiar; es un espacio escénico y performativo donde los Corleone exhiben su red de poder social y económico. Un acto que trasciende lo privado y visibiliza el capital social del clan. Coppola utiliza la celebración para mostrar con claridad lo que varios autores denominan dualidad institucional: la esfera ceremonial (la fiesta luminosa y popular) y la esfera operativa (el despacho oscuro donde se negocian favores, se sellan lealtades y se administra la justicia paralela) que es la que sostiene realmente el sistema.

De modo análogo, hace veinte años (no tantos como la película) la boda de Ana Aznar con Alejandro Agag, en pleno apogeo del aznarismo, reunió a más de mil invitados entre élites políticas, empresariales y mediáticas de todo el país. Y, como en la ficción de Coppola, trasciende más allá del acto privado y su propio relato, convertida en dispositivo simbólico de poder, un escaparate donde se condensó todo un ecosistema político-económico que operaba con total seguridad sobre sí mismo y que se celebraba a sí mismo. Un evento que refleja también la dualidad institucional: la esfera pública y ceremonial (el espectáculo mediático, el glamour, la imagen de fortaleza de un gobierno en su cénit) y la esfera operativa (las relaciones económicas, empresariales y de influencia que sostienen el entramado y que muchas de ellas afloraron en investigaciones judiciales y acabarían certificadas de delictivas en condenas firmes).

En las organizaciones mafiosas, la corrupción no es una desviación ni un exceso: es su método ordinario de gestión. La mafia no administra poder mediante el crimen visible, sino mediante una red estable de favores, pagos, deudas y lealtades que sustituyen a las instituciones formales. El sistema funciona porque todos los actores saben qué se espera de ellos y que reciben a cambio. En términos estrictos es una forma de gobierno.

En el Partido Popular, si afinamos el oído, se aprecia una lógica funcional sorprendentemente similar, no porque el PP sea una organización criminal, sino porque la corrupción cumplió y cumple dentro del partido funciones estructurales que se alejan de lo episódico. Surge y se perpetúa como un mecanismo que mantiene unido al aparato.

Actúa como mecanismo de financiación. Las cajas B, las donaciones irregulares y los circuitos de adjudicaciones amañadas no son excepciones, sino instrumentos que sostienen campañas electorales, aparatos territoriales y estructuras de comunicación. Gürtel y Púnica ilustran este patrón. La ilegalidad no era un inconveniente, sino el mecanismo que hacía posible el sistema: cuanto más opacos eran los circuitos, más garantizada la lealtad y más estable el flujo económico.

Funciona como método de disciplina interna. Quien participaba en el sistema queda vinculado al aparato por una doble cadena: el beneficio recibido y el riesgo compartido. Esa dependencia opera como mecanismo de control político: la lealtad no se basa en afinidad ideológica, sino en la corresponsabilidad dentro de un circuito opaco que exige silencio.

Es una vía de acceso a recursos y poder territorial. En comunidades autónomas clave como Madrid y Valencia, el control de adjudicaciones públicas generó redes empresariales que sostenían al partido y recibían a cambio protección y continuidad. No se trata tan solo de enriquecimiento personal, sino de asegurar hegemonía local mediante relaciones económicas estables. Lezo, Púnica y la propia Gürtel son exponentes de cómo estas redes operaban y operan como plataformas de influencia territorial.

Actúa como sistema de cohesión interna. Las tramas establecen una comunidad de intereses que une a cargos públicos, intermediarios y empresarios. La pertenencia al circuito es una forma de pertenencia al partido. La corrupción no erosiona la estructura, la consolida.

La corrupción en las filas conservadoras no se sustancia en un conjunto de hechos aislados, sino en una estrategia de funcionamiento que cumple funciones políticas concretas. El poder no se ejerce sólo desde las instituciones formales, sino desde un entramado informal que articula el dinero, lealtad y obediencia.

Esta corrupción estructurada, funcional y cohesionada es intrínseca al ejercicio de la derecha y no tiene equivalente en la izquierda española. Y esta distinción no tiene que ver con la pureza moral ética o moral de unos u otros, sino con las condiciones de posibilidad de cada proyecto. Es estructural.

Mientras la derecha ha tejido a lo largo de la historia, bajo el amparo normativo, una alianza duradera con sectores económicos clave (constructoras, medios tradicionales, intermediarios financieros y redes empresariales) que actúan como extensión informal de su proyecto político, la izquierda ha sobrevivido perseguida, en clandestinidad, sin más pegamento que el sentimiento de clase y su catecismo ideológico. En ese contexto, no le ha sido posible construir un ecosistema empresarial, mediático y financiero propio capaz de sostener un circuito estable de favores que apuntale su proyecto.

En la izquierda, se ejerce mayor control interno, debate y deliberación democrática. Los partidos progresistas, con todas sus contradicciones, están atravesados por órganos de fiscalización, debates abiertos, tensiones internas y bases críticas que penalizan con extrema dureza cualquier desviación. En el PSOE por ejemplo, la militancia ha llegado a derribar aparatos enteros. El ecosistema que sostiene el pensamiento y los valores progresistas hace imposible una omertá organizada porque siempre hay alguien dispuesto a romper la liturgia ya sea por convicción o por pura indisciplina democrática.

Nuestra izquierda carece de la cultura patrimonialista del Estado que caracteriza la derecha española. Los gobiernos de la derecha monetizan su influencia institucional en capital económico: rescatan bancos, garantizan adjudicaciones recurrentes o rebajan impuestos previa visita al despacho adecuado. El Estado se concibe como una extensión del patrimonio político.

El comportamiento del electorado completa la ecuación. En la izquierda, un escándalo relevante provoca derrumbe inmediato: la penalización mediática y electoral es brutal. En la derecha, la sanción es menor porque el vínculo con su electorado es más identitario que programático y sin estabilidad electoral no hay red de favores que sobreviva.

Por eso la corrupción de la izquierda siempre que aparece es desordenada, coyuntural y reactiva. No estructura poder, no cohesiona, no disciplina: interrumpe.

La corrupción en la derecha, en cambio articula poder, crea comunidad, garantiza continuidad territorial y blinda a sus protagonistas. Sobran ejemplos.

La diferencia entre ambas lógicas debería servirnos como advertencia y como impulso: la derecha convierte la corrupción en arquitectura de poder porque mantiene redes y una cultura política dispuesta a sostenerla. La izquierda, precisamente por carecer de ese ecosistema, solo puede sostenerse en lo que siempre ha tenido: convicción, vigilancia democrática y firmeza ética.

Si queremos que este país no vuelva a caer en modelos patrimonialistas del Estado, debemos, como izquierda, mantenernos siempre activos, exigentes y coherentes: reforzando los controles internos y nuestro compromiso con lo público; entendiendo que nuestra fuerza no está en replicar las lógicas del adversario, sino en proteger aquellas que nos hacen necesarios: la transparencia, la igualdad, la redistribución justa de la riqueza, el Estado del Bienestar, la justicia social, la participación democrática y una ciudadanía que vigila al poder y lo reclama como suyo cada día.

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