La notaría del lenguaje
Hay derrotas que no se perciben como tales. No porque sean menores, sino porque conservan intactas las formas de la victoria.

La izquierda lleva décadas ganando todos los discursos y perdiendo todas las batallas.
No es una paradoja. Lo que sucede es un mecanismo con una lógica tan precisa que, una vez vista, resulta difícil no reconocerla en cada ciclo político de los últimos cien años.
Nombrar no es describir la realidad: es constituirla. Quien impone las categorías impone los límites de lo pensable, de lo visible, de lo que puede ser reclamado. Foucault añadió la dimensión que hace este proceso políticamente relevante: cada concepto existe dentro de un régimen discursivo que delimita qué puede decirse, desde dónde y con qué efectos. Por eso cualquier movimiento que pugne por transformar el orden establecido necesita, antes que nada, sus propias palabras: conceptos que nombren la opresión, la desigualdad y el privilegio, que los hagan visibles, que permitan medir la distancia entre lo que es y lo que debería ser.
Las batallas no se pierden porque esos discursos sean arrebatados, sino porque son vaciados. Y el vaciamiento es más eficaz que la prohibición, porque conserva la apariencia de continuidad mientras neutraliza la función. El término permanece en circulación, sigue convocando adhesiones y sigue organizando identidades. Pero el régimen discursivo que le daba precisión, y con ella la capacidad de operar sobre la realidad, ha desaparecido. Lo que queda es la etiqueta. La herramienta se ha transformado, ya no sirve para lo que fue forjada y termina trabajando contra lo que pretendía cambiar. Este mecanismo no opera por conspiración. Lo hace por lógica estructural, una pinza de intereses objetivos que no necesitan coordinarse para coincidir. Por un lado la presión interna a la que se somete toda organización que, una vez en el poder, tiende a preservarlo antes que los principios que la constituyeron. Y por otro, la presión externa que Gramsci describió: la clase dominante no prohíbe el lenguaje del adversario, lo metaboliza. Cuando ambas lógicas convergen, el resultado es siempre el mismo. La etiqueta queda. El régimen discursivo que le daba su capacidad de operar sobre la realidad desaparece. Se pierde.
La socialdemocracia nació en una dialéctica entre la reforma posible y la transformación estructural necesaria. La tensión que alumbraba su nacimiento no era un defecto de origen. Era su potencia analítica. Obligaba a preguntarse hasta dónde podía llegar la reforma sin tocar los fundamentos del sistema, y cuándo la acumulación de reformas exigía un salto cualitativo. Bernstein, en su debate fundacional, no discutía sobre detalles, discutía sobre si el socialismo constituía horizonte o pretexto para la lucha de clases.
Cuando la socialdemocracia accedió al gobierno en los grandes Estados europeos del siglo XX, esa tensión se resolvió por la vía de la gestión. El régimen discursivo que sostenía la diferencia entre reformar y transformar se fue estrechando hasta desaparecer. No hubo una derrota intelectual explícita, lo que hubo fue una lógica institucional que fue imponiendo sus propias exigencias; gobernar exige pactar, pactar exige ceder y ceder exige asumir lo que se cede. En este proceso lo que queda es el término. Y el término, sin esa dialéctica de clases, nombra hoy algo radicalmente distinto: la administración progresista del orden existente. Llamarse hoy socialdemócrata no implica ninguna pregunta sobre el sistema. Implica, en el mejor de los casos, una preferencia por gestionarlo con más Estado, menos crueldad y estrategias paliativas. Quien la forjó se quedó con la etiqueta. La brecha sigue intacta.
El liberalismo nació como crítica del poder arbitrario con impulso emancipatorio contra la autoridad no justificada, los privilegios de sangre, y cualquier forma de dominación que no pudiera legitimarse de manera racional. La libertad que defendía no era un adorno filosófico: era una herramienta para limitar el poder de quienes lo ejercían sin rendir cuentas.
El desplazamiento se produjo cuando la libertad dejó de pensarse desde sus condiciones materiales de posibilidad colectiva. Una libertad que no puede ejercerse por falta de recursos, de tiempo, de seguridad o de autonomía efectiva no es libertad en sentido sustantivo, sino apenas su forma vaciada. A partir de ahí, el régimen discursivo liberal quedó disponible para una inversión funcional: el lenguaje que había nacido para limitar el poder arbitrario comenzó a utilizarse para legitimar otra de sus formas, la concentración de poder económico. Allí donde antes debía reconocerse una nueva estructura de dominación, empezó a reconocerse únicamente el libre despliegue de la iniciativa individual. El lenguaje del crítico, al servicio del poder que criticaba. La dominación, renombrada como libertad.
El género nació como categoría analítica para demostrar que las jerarquías asignadas a las mujeres no eran naturales sino construidas. Su función era precisamente nombrar e identificar un sistema de castas. La división sexual del trabajo, la jerarquía de poder, la construcción social de lo femenino como espacio de subordinación a lo masculino. La distinción entre sexo y género no respondía a una curiosidad taxonómica sino a una necesidad política precisa: si las diferencias entre hombres y mujeres eran socialmente producidas, podían ser socialmente transformadas. El género constituía una herramienta materialista. Medía, comparaba, hacía visible la distancia entre lo que el orden social asignaba y lo que la igualdad exigía.
El desplazamiento llegó cuando el género dejó de ser algo que se padece en común para convertirse en algo que se constituye de manera subjetiva desde dentro. No desapareció el colectivo. Desapareció el mecanismo que lo hacía políticamente legible. La pinza operó aquí con una precisión particular. Por un lado, la lógica individualista que reencuadra los derechos colectivos como expresiones de identidades personales, cada una válida en sus propios términos, ninguna comparable con las demás. Por otro, la propia coherencia igualitaria del feminismo, que no puede negar legitimidad a nuevas formas de opresión sin traicionar sus principios fundacionales. No hubo traición. Hubo una trampa que se activó precisamente porque el movimiento fue consecuente consigo mismo. El género pasó de ser una estructura que se padece a convertirse en una identidad que se posee. Y en ese desplazamiento, desde la sociología del poder hacia la psicología de la identidad, el discurso perdió su carga conflictiva. Una herramienta que no puede medir no puede transformar.
El feminismo queda entonces en una posición singular sin la herramienta que constituía uno de los pilares de su discurso. El término género circula más que nunca, convoca más adhesiones que nunca. Pero el régimen discursivo que le permitía medir la opresión, distribuir recursos, sostener cuotas, proteger espacios, visibilizar brechas, se ha vuelto conceptualmente inestable y difuso.
La derrota política rara vez empieza en las urnas. Empieza antes, cuando las palabras dejan de medir la realidad que prometían transformar y pasan a decorar su administración. La izquierda se convierte entonces en una suerte de notaría del lenguaje, certificando que las etiquetas sean las correctas mientras la propiedad de la finca sigue en las manos de siempre. En ese momento, el conflicto no desaparece: se vuelve ininteligible. La desigualdad no cesa: se nombra con otro contenido. La dominación no retrocede: aprende a presentarse con el vocabulario de sus críticos.
Eso es lo que la izquierda no termina de entender cuando celebra cada victoria cultural mientras encadena derrota tras derrota material: que no basta con ver triunfar un discurso si su lenguaje no conserva la estructura de antagonismo que lo hizo nacer y crecer. Porque una palabra política solo vive mientras permite distinguir al adversario, nombrar la brecha y orientar la acción. Cuando ya no hace nada de eso, las palabras no han sido robadas, han sido vaciadas: brillantes, nuevas, perfectamente inofensivas. La historia sigue su curso sin preguntar. La izquierda con su discurso y la derecha determinando su contenido.
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