Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La política de la vergüenza

Por Roberto Pérez Pastor29 de diciembre de 20255 min de lectura

La vergüenza nunca ha sido un sentimiento privado. Ha funcionado siempre como un dispositivo de control que disciplina conductas, justifica privilegios y silencia injusticias.

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La vergüenza nace en una mirada ajena que se cuela en nuestro interior y despierta un proceso de evaluación silencioso, cuestiona nuestra conducta y nuestro pensamiento, y reorganiza tanto cómo nos vemos como cómo actuamos.

Transforma la imagen que tenemos de nosotros mismos. No solo es un estado emocional individual e íntimo ante nuestros errores; como bien apuntaba Foucault, la vergüenza constituye en sí misma un mecanismo político de control y funciona como un dispositivo disciplinario que modela el comportamiento y mantiene al otro en su sitio. La vergüenza disciplina y domestica.

La vergüenza no es un sentimiento de culpa que remite a nuestras acciones ya realizadas; es una valoración introspectiva global de lo que somos y de lo que pensamos, moldeada por la mirada del otro (real o imaginaria) que condiciona el futuro de lo que haremos y manifestaremos, de aquello que nos atrevemos a pensar y expresar y, en definitiva, lo que mostramos de nosotros mismos.

Esta emoción, que parece tan íntima, ha sido históricamente una de las herramientas más potentes para gobernar sociedades. No se limita a corregir conductas: produce subjetividades. Sirve para mantener jerarquías, define quién pertenece y quién se debe mantener fuera y marca fronteras morales y emocionales. Allí donde opera la vergüenza, aparece un orden que se presenta como natural pero que en realidad es profundamente político.

Durante la Guerra Civil y la posguerra de nuestra querida España, esta lógica alcanzó su expresión más brutal. Como bien ha documentado Paul Preston, el franquismo convirtió la vergüenza en un arma de dominación sistemática. Violaciones, rapados, paseos humillantes, castigos con aceite de ricino, exposición pública de cuerpos torturados, no eran excesos aislados, sino prácticas deliberadas de control y humillación, destinadas a inscribir la derrota y la vergüenza en la identidad misma de las personas y sus comunidades.

El objetivo no era solo castigar; era domesticar mediante la humillación, implantar una moral excluyente en la que el adversario político quedaba degradado, reducido a algo que debía ocultarse. La vergüenza se convirtió en el idioma emocional del franquismo. Y esa estructura afectiva no desapareció con la dictadura. Persistió transformada en imaginarios, en silencios familiares, en la retórica moralizante de la “normalidad”, la “gente de bien”, la pureza y el orden.

La derecha contemporánea y en general las organizaciones y grupos de pensamiento neoliberal, siguen instrumentando la vergüenza como mecanismo de exclusión: señalan, estigmatizan, clasifican, desplazan. Todo lo que se aleja de la norma (orientaciones sexuales, creencias, determinados derechos, formas de vida distintas, posiciones políticas divergentes) se convierte en objeto de acusación moral y sospecha. La función es la misma: mantener a cada cual en su sitio y condenar la divergencia al silencio.

Así, la vergüenza llega hasta nuestros días perfeccionada por el pensamiento neoliberal en forma de autoinculpación permanente, haciendo que cada individuo interiorice sus éxitos o fracasos como una obligación moral estrictamente personal. En este contexto, las clases dominantes mantienen limpia su conciencia pues el fracaso ajeno no revela las injusticias estructurales sobre las que sostienen sus éxitos y privilegios sino que se interpreta como las supuestas insuficiencias individuales de los otros. Mientras tanto, las clases oprimidas guardan silencio, atrapadas en el marco que delimita la vergüenza por no haberse esforzado lo suficiente y creyéndose causa y no sujeto del problema.

La vergüenza se convierte así en un mecanismo de autovigilancia y autocensura que funciona disciplinando nuestro comportamiento y nos hace renunciar anticipadamente al conflicto. Es lo que en psicología se llama internalización del orden dominante, un estado donde es la propia persona la que colabora en su subordinación porque interpreta su fracaso como algo personal y no estructural.

La vergüenza es el mecanismo del que se sirven determinados sistemas y pensamientos políticos para condenar el paro, silenciar la violencia de género, el problema de la vivienda, la pobreza y termina por dibujar un cuadro emocional de soledad, culpa y agotamiento a los individuos de las clases más desfavorecidas.

La vergüenza rompe vínculos, desactiva la solidaridad y debilita la acción colectiva, quien se cree defectuoso se repliega, deja de hablar, deja de pedir ayuda, deja de reclamar derechos. Una democracia habitada por individuos avergonzados es una democracia más fácil de gobernar, más dócil y menos exigente.

Frente a esta genealogía de la dominación emocional, el papel de la izquierda a lo largo de la historia ha sido el de romper el régimen y la hegemonía de la vergüenza, acompañar y empoderar a las personas y liberarlas de las estructuras morales que las reducen y silencian, que las obligan a vivir ocultas.

Las grandes conquistas de derechos, desde la izquierda, no han sido meras reformas legales, son actos de desobediencia afectiva, actos de insumisión frente a la vergüenza. El matrimonio igualitario, la interrupción voluntaria del embarazo, la memoria democrática, la eutanasia no solo reconocen figuras o derechos jurídicamente, rompen con el régimen de vergüenza y devuelven la dignidad a quienes hasta entonces el sistema condenaba al silencio y al sufrimiento.

La izquierda actúa como fuerza emancipadora, no administra vergüenza, la desactiva. No excluye al diferente: lo integra. No vigila: reconoce. No impone obediencia: genera comunidad. Para que una sociedad sea realmente democrática la dignidad no debe gestionarse desde el libre arbitrio: ha de garantizarse.

Hoy, cuando resurgen discursos que apelan a la pureza, al orden moral y a identidades rígidas, comprender la política de la vergüenza es urgente. Mientras la vergüenza gobierne por dentro, la democracia se encogerá por fuera. Liberarnos de ella, individual y colectivamente, no es solo una tarea terapéutica, debe seguir siendo uno de los pilares de nuestro proyecto político, imprescindible para proteger la democracia y garantizar la dignidad de todos

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