Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

La política del sarao

Por Roberto Pérez Pastor15 de abril de 20264 min de lectura

Cuando una demanda colectiva deja de ser tratada como conflicto y empieza a ser gestionada como escenario de visibilidad, la política no solo se rebaja: empieza a desertar de su función.

La política pierde pie cuando deja de nombrar los conflictos a la altura de lo que son. No porque el lenguaje lo sea todo, sino porque rara vez es inocente.

El lenguaje interno de una organización es su radiografía más honesta. No el discurso preparado para el micrófono ni la declaración institucional redactada con cuidado, sino el que circula cuando nadie está mirando. Ese lenguaje no miente porque no tiene el incentivo del público para hacerlo y revela, sin querer, la percepción real que una organización tiene de aquello sobre lo que dice actuar.

La descomposición política no empieza siempre con una gran traición, una maniobra del aparato o una renuncia doctrinal presentada como sentido común. Empieza antes: en el lenguaje. En ese momento casi imperceptible en el que una demanda colectiva deja de ser nombrada como conflicto, como necesidad, como agravio o como derecho, y empieza a comparecer como episodio, ambiente, ocasión o trámite. Ahí, en esa pequeña mutación verbal, suele haberse producido ya una transformación política de mayor calado. Porque las palabras no llegan solo al final del proceso para decorarlo: delatan desde el principio la estructura mental que lo organiza. El lenguaje no solo describe el mundo, sino que ejerce poder simbólico sobre él; nombrar es ya, en parte, imponer una definición legítima de la situación.

Una demanda colectiva no es un objeto neutro que espera una etiqueta de calidad o un gesto que la legitime. Tampoco aparece de la nada. Una demanda colectiva llega cargada de historia, de desigualdad acumulada, de jerarquías territoriales, de experiencias de abandono, de expectativas de reparación, de memoria social sedimentada. Una demanda colectiva tiene densidad, tiene peso y espesor histórico. Cuando se la nombra por debajo de lo que es, no desaparece su verdad material, pero sí cambia la forma en que se la percibe y la forma en que se la administra. Nombrar no es un gesto inocente. Nombrar no solo describe, recorta, jerarquiza y fija el modo en que lo que se designa será percibido. Al hacerlo, también se delimita qué hay realmente en juego, desde qué marco debe leerse y qué tipo de respuesta parece adecuada. Un conflicto nombrado como conflicto reclama mediación política; un conflicto rebajado a episodio o anécdota apenas convoca presencia.

Esa rebaja no es un accidente léxico. Constituye una forma de administración simbólica del conflicto, una forma de domesticarlo antes incluso de enfrentarlo. Lo que antes comparecía como necesidad colectiva pasa a ser tratado como ocasión; lo que exigía escucha, elaboración y trabajo sostenido empieza a presentarse como momento, presencia o simple activación. En este desplazamiento no solo cambia el vocabulario, también cambia la relación misma de la organización con aquello que dice representar. La política deja de situarse ante la demanda como mediación, como objeto de trabajo y empieza a gestionarla como un escenario al que hay que llegar, salir y colocarse. Aquí comienza la lógica del sarao: la visibilidad deja de ser el resultado de un trabajo político previo y pasa a ocupar su lugar.

La organización no se acerca a la demanda para comprenderla desde dentro, traducirla sin vaciarla o darle cauce institucional, sino para interceptarla en el punto en que empieza a rendir presencia, imagen o utilidad coyuntural y táctica. El conflicto deja de ser algo que obliga a transformar la práctica política y pasa a ser algo a lo que conviene llegar antes de que encuentre otro cauce. Y como toda relación exterior acaba delatándose en el lenguaje, la demanda empieza a ser nombrada no desde su densidad material, sino desde el punto de vista de su administrabilidad: como bolo, como sarao, como quedada.

Una organización puede conservar siglas, cargos, portavoces, argumentarios y escenografía institucional, y sin embargo haber dejado ya de comprender el objeto mismo que justificaba su existencia. Puede seguir compareciendo y convocando figurantes al aplauso, y al mismo tiempo haber desertado silenciosamente de la tarea de mediar entre necesidad social y forma política. Puede seguir hablando mucho, incluso cada vez más, y sin embargo haber perdido la lengua exacta del conflicto. Aquí es donde la política no solo pierde el rumbo, también empieza a perder el suelo.

​​Una organización política que ha perdido el discurso del conflicto no lo recupera cambiando el vocabulario de sus convocatorias. Lo recupera volviendo al territorio antes de que haya rentabilidad, sosteniendo la demanda cuando todavía incomoda, dejándose interpelar por quienes saben más sobre su propia vida de lo que ningún aparato podrá nunca saber desde fuera. Lamentablemente no hay atajo comunicativo que sustituya esa presencia. Y, desde luego, no hay sarao ni quedada que lo simule.

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