Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Las fresas con nata

Por Roberto Pérez Pastor31 de enero de 20263 min de lectura

Teología del orden, hospitalidad y descarte moral: quién cabe, quién sobra y quién decide.


Esta semana, el señor Arzobispo de la vetusta ciudad de Oviedo, amparado en el blindaje espiritual que proporcionan las citas evangélicas convenientemente seleccionadas, evidenció una vez más cómo, desde una perspectiva claramente neoliberal, el acceso universal a los derechos deja de ser un principio irrenunciable para convertirse en una concesión condicional que comienza y se normaliza con el descarte.

El señor Arzobispo se aparta así del mandato inclusivo que dice profesar y articula un discurso en el que puede observarse, casi con la claridad empírica que reclamaba Santo Tomás, un desplazamiento moral profundo donde la hospitalidad deja de ser un imperativo ético incondicional y pasa a gestionarse en términos de nuda vida, sometida a criterios de capacidad, orden y sostenibilidad. No todos caben.

En el marco que propone el Arzobispo, los pobres dejan de ser los bienaventurados del Evangelio para convertirse en un factor de riesgo: sujetos que ya no interpelan la conciencia colectiva, anulados de sentido y contenido político que amenazan el equilibrio del Estado del Bienestar incluso en el Reino de los Cielos. No es la pobreza lo que incomoda al señor arzobispo, sino su presencia; no es la injusticia lo que le alarma, sino su visibilidad.

El Arzobispo de los católicos asturianos desconfía de la radicalidad del mensaje cristiano y se alinea sin ambages con los principios de quienes adoran al Becerro de Oro. No habla desde una teología cristiana ni desde una tradición liberadora, sino desde una moral neoliberal que trata de sacralizar, a golpe de versículo cuidadosamente escogido, aquello que el Evangelio impugna: la escasez presentada como ley natural y la exclusión convertida en necesidad inevitable. Desde esa orilla ultraconservadora, la más reaccionaria de todas, traslada un mantra que agita el miedo y que lejos de amar al prójimo confronta, a quienes seduce, con él: que el pan y el vino de la comunión no alcanzan para todos.

Este tipo de posicionamiento no es una anomalía ni un desliz personal. Responde a una práctica cuyo marco se adecúa a una teología del orden: una forma de cristianismo que renuncia a interpelar al poder para proceder a administrarlo, donde el Evangelio deja de ser una fuerza de desestabilización moral para convertirse en un repertorio simbólico útil para legitimar jerarquías, límites y exclusiones previamente decididas. Una teología del orden que, si afinamos los oídos y prestamos atención a las evidencias, permea también en las filas y el pensamiento de quienes se definen progresistas.

Desde esta lógica, la apelación a la “capacidad”, la “sostenibilidad” o el “sentido común” no opera como criterio prudencial, sino como violencia simbólica: una forma de imposición que logra que el descarte aparezca como razonable, inevitable y responsable. La pregunta de “cuántos podemos asumir” no es una cuestión técnica, sino un acto de soberanía moral que establece un “nosotros” legítimo frente a un “ellos” permanentemente bajo sospecha, donde la pertenencia deja de definirse por derechos y pasa a depender del juicio de quien administra el límite. La exclusión que insinúa el señor Arzobispo no describe un límite objetivo, sino que bendice y legitima una decisión política, presentándola como consecuencia natural de un mundo escaso, finito y supuestamente mal repartido por un designio divino incuestionable. El poder se absuelve a sí mismo y la desigualdad queda teológica y políticamente blindada y quienes practican la fe son funcionalmente instrumentalizados en favor del orden existente.

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