Año I • Edición No. 1martes, 6 de octubre de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Leer con prisas

Por Roberto Pérez Pastor•24 de septiembre de 2026•8 min de lectura•

En la escuela, en los medios y en la política, la prisa por alcanzar el titular está liquidando el tiempo necesario para comprender cómo funciona el mundo.

La OCDE ha publicado este septiembre los resultados de PISA 2025 y a muchos ha sorprendido la puntuación obtenida por España: 451 puntos en comprensión lectora, 23 menos que tres años antes y uno de los peores resultados de su serie histórica. El informe, prudente como suelen ser los documentos que saben que serán leídos con lupa, apunta a una menor capacidad o disposición de los alumnos para mantener la atención y el esfuerzo ante tareas exigentes. Los expertos y la prensa tardaron apenas unas horas en resolver la duda e identificar la causa: las pantallas tenían la culpa.

Entre 2018 y 2025, en los países de la OCDE con datos comparables, los llamados lectores apresurados, alumnos que responden demasiado deprisa y se equivocan, pasaron del 6,6% al 11,4%. El rendimiento cae con mayor intensidad en las partes finales de la prueba y cuando los textos se alargan. Y en este dato aflora la clave del problema: no hemos olvidado cómo leer, hemos olvidado cómo quedarnos.

Cuatrocientas palabras es el límite que la OCDE utiliza para clasificar uno de sus grupos de textos largos y en sí mismas no constituyen ninguna frontera neurológica. La OCDE no demuestra que una pantalla haya reducido nuestra capacidad de atención ni que TikTok pueda medirse en puntos “PrISA”. El estudio evidencia algo más espinoso: aumentan las respuestas rápidas e incorrectas, disminuye la persistencia y una parte creciente de los alumnos llega antes a la respuesta que a la pregunta. La lectura exige algo que ninguna innovación tecnológica ha conseguido abaratar y todas presumen de optimizar: tiempo. El tiempo, en nuestra sociedad del cansancio, se ha convertido en un recurso disputado y asoman los efectos secundarios de tomar los atajos.

Algunos de quienes llegáis por primera vez a La Escandalera me trasladáis una observación razonable: los textos que aquí se publican son largos, densos, a ratos demasiado. La tentación inmediata sería defenderse diciendo que determinados asuntos necesitan mil palabras; una defensa pobre. Hay textos de mil palabras que no contienen una idea y párrafos breves capaces de desmontar una certeza. La frontera que importa no separa lo largo de lo corto; separa abreviar una explicación de desmontar el andamio que la sostiene. Porque conocer consiste también en comprimir. Nadie necesita reconstruir a Darwin cada vez que habla de la evolución ni remontarse a Newton para calcular una trayectoria. El conocimiento funciona porque permite almacenar conclusiones sin repetir todo el recorrido que condujo hasta ellas. Pero la compresión tiene un límite: cuando desaparecen el mecanismo, las condiciones y la evidencia que permiten reconstruir una conclusión, lo que queda puede conservar apariencia de conocimiento, pero ha perdido buena parte de la estructura que lo sostiene.

Basta con una de las versiones comprimidas más populares de la teoría de la evolución, esa que dice que “descendemos del mono”. Tres palabras. También tres palabras capaces de vaciar casi por completo una teoría construida alrededor de la variación heredable, la selección natural, la reproducción diferencial y la ascendencia común. Huelga decir que los seres humanos no descendemos de los monos actuales, sino que compartimos antepasados comunes con otros primates. Desmontado el andamio, toda esa arquitectura científica queda reducida a una afirmación que puede enfrentarse a otra de dimensiones semejantes: “Yo no creo en eso”. La teoría no ha perdido su fundamento científico, pero quien solo conoce su conclusión difícilmente puede reconstruirlo y cuando la explicación desaparece, la discusión deja de girar alrededor de la evidencia y pasa a organizarse alrededor de las creencias.

Dos psicólogos, Leonid Rozenblit y Frank Keil, pusieron nombre a la trampa cognitiva que ayuda a entenderlo: la ilusión de profundidad explicativa. Tendemos a creer que comprendemos mecanismos complejos con mucha mayor precisión de la que realmente poseemos. Sabemos que una cerradura se abre, que una cisterna funciona o que una máquina de coser cose, hasta que alguien nos pide explicar exactamente cómo. Entonces aparecen los huecos. Lo que se descubre no es necesariamente que no sepamos nada, sino que habíamos confundido reconocer una explicación con ser capaces de reconstruirla.

Herbert Simon, uno de los pioneros del procesamiento de la información, había señalado décadas antes otra parte del problema: el exceso de información produce una pobreza de atención. Como todo lo escaso que forma parte indispensable de un proceso, la atención necesita ser administrada. Medio siglo después, industrias enteras compiten por captar nuestra atención y disputársela a la tarea que tenemos delante. Una notificación, un vídeo, otro titular; siempre hay algo esperando a que dejemos lo que estábamos haciendo. No hace falta que perdamos la capacidad de concentrarnos. Basta con que resulte cada vez más tentadora la interrupción. La atención sigue ahí, pero cada vez cuesta más quedarse.

Philip Fernbach y sus colaboradores trasladaron el concepto de ilusión de profundidad explicativa a la política. Preguntaron a un grupo de ciudadanos estadounidenses cuánto creían comprender determinadas políticas públicas y, después, les pidieron que explicaran paso a paso cómo funcionarían en la práctica y de qué manera producirían los resultados que esperaban. Al intentarlo, muchos descubrieron que sabían bastante menos de lo que suponían. Y aunque no se pudo demostrar de manera consistente en posteriores estudios, su experimento encontró también que, en este ejercicio, las posiciones políticas de los participantes se moderaban. No obstante, lo verdaderamente interesante es lo primero: cuando alguien nos obliga a explicar cómo funciona aquello que defendemos, aparecen los huecos que nuestro propio convencimiento de comprenderlo nos impedía ver.

En política, este sesgo encuentra un terreno especialmente fértil, porque la política siempre ha necesitado comprimir. Ningún programa electoral puede contener toda la realidad que pretende gobernar, pero aquí la simplificación puede tener además una intención deliberada: administrar la complejidad buscando no tanto la comprensión como la adhesión. Cuanto menos se explique el mecanismo que sostiene una propuesta, menos oportunidades aparecerán para descubrir sus huecos y cuestionar las certezas que la acompañan. Las palabras empiezan entonces a circular solas: inmigración, seguridad, vivienda, pensiones, igualdad. Ya no hace falta explicar cómo una decisión produce determinado resultado, qué condiciones necesita o qué conflictos plantea. Basta con nombrar el resultado deseado y, cuando conviene, señalar un enemigo al que atribuir su ausencia.

La inmigración ofrece un ejemplo casi perfecto. La inmigración puede abanderar como oportunidad una pancarta y como problema otra. El Banco de España estima que la población extranjera aportó directamente entre 0,4 y 0,7 puntos porcentuales al crecimiento anual medio del PIB per cápita entre 2022 y 2024. Pero una cifra no resuelve por sí sola un conflicto político. Basta con exigir que se expliquen las consecuencias de expulsar a quienes trabajan en determinados sectores económicos o que se detalle cómo organizar la acogida; qué recursos necesita y cómo garantizar su acceso a la vivienda, la escuela y los servicios públicos para que empiecen a aparecer los huecos. Expulsar es una palabra. Acoger otra. La adhesión puede conseguirse con cualquiera de las dos; la comprensión exige explicar todo lo que viene después.

Con la vivienda sucede algo parecido. “Topar los alquileres” y “construir más” permiten comprimir dos mecanismos diferentes, pero ninguno contiene el conflicto entero. La primera obliga a preguntarse por sus efectos sobre los precios, la oferta disponible y el acceso de nuevos inquilinos; la segunda, por el suelo, la financiación, los plazos de construcción y la capacidad de quienes necesitan una vivienda para pagarla. Las dos producen adhesiones, pero dejan sin resolver en toda su dimensión el problema. Decir que la vivienda es un derecho ocupa una línea. Convertirlo en viviendas que alguien pueda pagar obliga a reconstruir todo aquello que la proclama da por resuelto.

Max Weber, en su conferencia La política como vocación, describía la política como una perforación fuerte y lenta de tablas duras, con pasión y sentido de la proporción al mismo tiempo. Cada conquista política lleva dentro algo de esa madera perforada: presupuestos, mayorías, funcionarios, normas que deben encajar con otras normas, decisiones que producen costes y años de trabajo que rara vez caben en una pancarta, todo ello unido por un hilo que casi nunca se ve. Cuando una conquista se cuenta únicamente a través de su resultado, el hilo es lo primero que se pierde; quien la recibe puede aprender a defender solo el símbolo sin conocer el camino, las causas y la estructura que permite sostenerlo; y cuando desaparece esa comprensión, también se debilita la capacidad de exigir, defender y disputar aquello que se ha conquistado.

Por eso el dato de PISA interesa bastante más allá de las aulas; no porque un adolescente que responde apresuradamente una pregunta vaya a convertirse necesariamente en un ciudadano incapaz de comprender la política, sino porque en los huecos que aparecen cuando intentamos explicarlo, podemos entrever algo más amplio. Escuela, medios y política parecen sometidos a una misma presión ambiental: llegar cuanto antes a la conclusión, reducir el tiempo dedicado a pensar y prescindir de buena parte de la explicación que permite llegar a ella.

Escribir más tampoco resolverá nada, y quienes me leéis tenéis razón en recordarlo. Este mismo texto puede contener su propia ilusión de profundidad, y este que escribe puede confundir acumulación de palabras con explicación del mismo modo que puede confundirse brevedad con claridad. Se pueden retirar palabras, pero lo que no puede retirarse es el hilo que explica por qué una cosa conduce a otra, porque constituye el andamio que sostiene la conclusión sobre la razón y no sobre la creencia y facilita la sutura de conflictos.

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