Líneas que inmovilizan, fronteras que conducen a la derrota
Cuando los vetos sustituyen al debate, la organización deja de construir mayorías. Líneas rojas que protegen posiciones y deciden quién puede avanzar y quién debe quedarse fuera.

Al final de Blade Runner, el replicante Roy Batty enumera las cosas extraordinarias que en su vida ha contemplado: “He visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser….”
Si Roy Batty hubiese vivido nuestras primarias, probablemente su relato habría sido menos cósmico, aunque no menos increíble: “He visto cruzar líneas rojas a quienes las habían trazado. Las he visto desaparecer pocas semanas después de haber sido presentadas como fronteras infranqueables. He visto convertirse en razonable lo que, pronunciado por otros, había sido calificado de intolerable. Y he visto hacerlo con naturalidad, sin explicaciones y sin pagar por ello ningún coste político.”
Durante un tiempo interpreté este hecho como simple incoherencia. Pensaba que quienes habían formulado una norma habían terminado incumpliéndola por conveniencia, por debilidad o por falta de memoria. Era un error de lectura. No estaba presenciando simplemente el fracaso de la línea roja, sino que estaba presenciando el momento en que revelaba su verdadera función. Porque aquellas fronteras no se habían trazado para impedir que nadie las cruzase. Se habían trazado para decidir quién podía cruzarlas y quién debía permanecer al otro lado. No eran límites universales, sino prohibiciones dirigidas. No desaparecieron cuando sus autores las atravesaron; simplemente quedó claro que nunca habían sido reglas para todos.
Pocas expresiones transmiten en política tanta firmeza como la de línea roja. Quien la proclama parece estar afirmando que tiene convicciones, límites y una idea clara de lo que no está dispuesto a tolerar. Frente al oportunismo y la política entendida como simple transacción, establecer fronteras puede resultar no solo legítimo, sino necesario. Hay fronteras que, sin duda, merecen ese nombre: no privatizar un servicio público, no sostener un gobierno que recorte derechos, no encubrir a quien se aprovecha del cargo.
En cualquier proceso interno del partido, todo el mundo habla de sus respectivas líneas rojas. Haciendo autocrítica, en estos procesos, pocas o ninguna se refieren al modelo de ciudad, a la vivienda, a los servicios públicos o a las condiciones materiales de vida de la gente. No delimitan qué políticas resultan incompatibles con un proyecto socialista; delimitan con quién se puede hablar, con quién no cabe acuerdo alguno y qué sectores deben permanecer lejos de cualquier espacio de decisión. En estos procesos, las líneas rojas no construyen una identidad hacia afuera; acotan el espacio hacia adentro.
El efecto es aritmético. Cada sector traza la suya, y como el espacio disponible es uno solo, lo que queda se reduce por acumulación. Con unos no se puede hablar porque representan el pasado; con otros tampoco, porque generan desconfianza. Aquellos son demasiado moderados, estos demasiado radicales. Unos carecen de experiencia y otros llevan demasiado tiempo.
Al terminar el recuento, la organización conserva intactos todos sus límites, pero ha perdido la capacidad de intervenir. Nadie ha bloqueado nada; cada cual se limitó a defender lo suyo; sin embargo, se ha perdido no solo la posibilidad de alcanzar acuerdos, sino la de discutirlos y la capacidad de conquista. La organización no se ha movido.
Cuando la frontera precede al debate, no se examina una propuesta; se examina la procedencia de quien la formula. Las personas dejan de ser interlocutoras y pasan a representar bloques, historias y sospechas heredadas. La discrepancia, que es el material ordinario de cualquier organización viva, se convierte en identidad permanente. Y una identidad no se negocia.
Pero el mecanismo no se agota en el bloqueo. Las líneas rojas fabrican, además, jerarquía.
Quien las establece las presenta como obligaciones colectivas, condiciones indispensables para preservar la unidad, pero llegado el momento las cruza. Aparecen entonces las excepciones, los matices y las circunstancias extraordinarias que permiten atravesar la propia prohibición sin asumir el coste que se habría exigido a cualquier otro compañero o compañera.
Conviene preguntarse a quién obliga realmente una línea roja. Al adversario, no; el adversario no la ha aceptado, no la reconoce y no paga nada por ignorarla. Obliga a quienes la asumen, es decir, a los propios. Quien acata una frontera renuncia a explorar acuerdos, a hablar con determinadas personas, a ocupar espacios que tenía disponibles. La prohibición no inmoviliza al rival, inmoviliza al equipo y lo hace con su consentimiento, porque acatarla es la única forma que se ofrece para demostrar lealtad.
El punto de inflexión llega cuando quien trazó la línea roja la cruza y obtiene aquello que había prohibido a los demás. Las excepciones tienden a aparecer en la dirección que beneficia a quien conserva el derecho a invocarlas; rara vez en la contraria. El coste lo asume quien obedece; el posible beneficio y el margen de maniobra lo conserva quien la dibujó.
La desigualdad no está necesariamente en la norma, sino en el coste de incumplirla. Quien dispone de apoyos y capacidad para imponer su relato justifica el movimiento y sigue adelante. Quien carece de esas posiciones queda señalado como desleal, incoherente o ajeno a la organización.
Las líneas rojas más eficaces no son las que impiden avanzar, sino las que deciden quién avanza y quién permanece quieto. Son rígidas para quienes deben acatarlas y flexibles para quienes conservan el derecho a interpretarlas.
El calendario, mientras tanto, sigue su curso. Segunda vuelta: el mapa teñido de rojo, cada línea en su sitio, cada sector en su parcela. La agrupación llegará a las próximas municipales con sus fronteras internas perfectamente trazadas y todos en condiciones de explicar por qué la culpa de lo que pase fue de los otros.
La derrota no será una sorpresa ni una catástrofe; está asumida desde el inicio, como el descenso que ya viene calculado en el presupuesto de un club. Será un resultado administrable. Desde la oposición se reparten responsabilidades suficientes para que nadie quede del todo fuera, con la comodidad añadida de no gobernar: no decidir, no equivocarse, no rendir cuentas.
Queda una salida, y no pasa por borrar las líneas rojas, sino por devolverlas a su sitio.
Una línea roja tiene sentido cuando delimita principios, políticas y conductas incompatibles con un proyecto socialista. Deja de tenerlo cuando sirve para clasificar compañeros o compañeras, vetar interlocutores y repartir espacios de poder.
Trazadas de ese modo, hacia dentro, solo fabrican y sostienen jerarquías. Y solo deberían dejar preso de su mapa a quienes las dibujaron. Como militantes, no estamos obligados ni obligadas a heredarlo. Podemos atravesarlas sin pedir permiso.
El domingo 26 se puede votar precisamente lo que las fronteras internas llevaban meses prohibiendo; no el reparto de espacios, sino el mejor proyecto para Oviedo. Un proyecto que no llegue manchado con la pintura de las líneas que se trazaron para inmovilizar a unas y otros, ni por la de aquellas que algunos cruzaron para conservar su posición.
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