Los santos inocentes del presupuesto ovetense
El problema no es pactar un presupuesto, sino certificar que el orden existente es razonable, asumir el marco del poder y convertir la obediencia en sustituto de la política.

En 1981 Miguel Delibes publica su novela “Los santos inocentes”, situada en un cortijo de la Extremadura hoy en juego, donde Paco el Bajo y su familia sobreviven subordinados a los dueños de la finca en un régimen cotidiano de obediencia, dependencia y humillación.
Delibes a través de este relato y sus personajes, denuncia la desigualdad estructural del sistema de clases, poseedores frente a desposeídos, y su violencia que rara vez necesita de golpes para ser eficaz, basta con la normalización del mando, la deferencia obligada y el miedo a perder el sustento.
Paco el Bajo es un peón cuya valía, a ojos del amo se mide por su utilidad y es un hombre que aprende a anticipar los deseos del señorito, acepta la autoridad sin rechistar aunque ello suponga rebajar su propio umbral de dignidad para sobrevivir.
Paco, a pesar de ser bajo y acabar, de humillado, cojo, no es tonto ni cobarde. Su sumisión es una estrategia de conservación que tiene su origen en el propio sistema. Si trazásemos su perfil psicológico lo haríamos manejando tan solo tres variables: La indefensión aprendida (de la que ya hemos hablado en este blog) dado que entiende que haga lo que haga, es la estructura quien decide; por ello se limita únicamente a administrar el daño en lugar de combatirlo. La internalización de su rol, puesto que su identidad se organiza alrededor de la premisa de “servir bien”, como coartada moral para minimizar perjuicios a los suyos. Y, por último el foco familiar, ya que su horizonte ético no es él, sino la estabilidad de su casa y el futuro de sus hijos.
Paco el Bajo no es un personaje servil, es un personaje educado para vivir sin conflicto. Su virtud es su condena. Anticipa, obedece, agradece. Y cuando el señorito sonríe, el cortijo funciona sin necesidad de violencia: basta con que todo el mundo sepa cuál es su sitio.
Hoy, en Oviedo, una parte de la izquierda que se reivindica a sí misma como situada “a la izquierda de la izquierda” puede leerse con los mismos ejes cognitivos que estructuran la conducta de Paco el Bajo. Desde la indefensión aprendida asume que el marco de poder no se disputa, se habita; que el conflicto no se organiza, se evita; y que, bajo la disculpa de minimizar perjuicios a una clase que dice representar, la única acción posible consiste en administrar el daño dentro de un orden que se da por inamovible.
Desde ahí, la ética se desplaza. Ya no se mide por su impacto sobre la vida material de vecinos y vecinas del municipio de Oviedo, sino por su utilidad para preservar posición, interlocución y futuro orgánico. No es una decisión explícita; es una adaptación. Como sucede con Paco el Bajo en el cortijo, no hace falta que nadie imponga nada, basta con aceptar y conformarse dónde están los límites.
En ese marco se inscribe la conducta política de Gaspar Llamazares. Cuando define su acción como ruptura de la “dinámica del enfrentamiento y la confrontación”, no está describiendo una táctica coyuntural, describe y asume toda una identidad: evitar el conflicto como principio. No se trata de negociar desde una posición de fuerza, sino de mantener una dialéctica que no altere posiciones. No es confrontación democrática; es acomodación. No es obediencia declarada; es obediencia funcional.
Al abrazar el lenguaje de la “sensatez” y la “centralidad”, se adopta el marco moral de la derecha y se universaliza. El marco del poder pasa a ser el marco de todos. Y, como en “Los santos inocentes”, la familia de Paco el Bajo queda supeditada a los intereses del señorito; en el caso de la izquierda que representa Llamazares, a los de un partido y una ideología que no son los de la base social que se dice representar.
La reedición de estos acuerdos no expresa pragmatismo, sino cortoplacismo estructural: la misma lógica que guía a Paco el Bajo cuando evita el conflicto para sobrevivir un día más. El efecto político es claro y mensurable. El PP tiene mayoría absoluta: Izquierda Unida no decide el presupuesto. Cuando lo avala, no compra poder, compra papel. El papel de izquierda adaptada, domesticada y políticamente irresponsable con su función histórica que certifica que el orden existente es razonable, que no hay nada esencial que disputar y que gobernar así es, simplemente, sentido común.
La derecha no necesita el parabién de Izquierda Unida para gobernar; lo necesita para que parezca que gobierna por consenso; con él Canteli no aproxima su políticas a la izquierda sino que legitima sus desmanes y con ello la desigualdad. Cuando la izquierda presume de “sensatez” en boca del poder significa que ha aceptado el marco; el cortijo se ve más alegre, pero no cambia de dueño. Lo que se pacta es el desarme, porque el presupuesto no se orienta desde el aplauso ni desde la renuncia al conflicto, sino disputando el sentido mismo de lo que se considera razonable y equitativo. Todo lo demás es administración del orden existente con firma ajena y conciencia tranquila.
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