Oviedo la bien gestionada (III): Las fronteras
Las fronteras interiores que separan el escaparate del resto, los planos que las dibujaron y el presupuesto que las sostiene.

De la calle Uría a la plaza Lago Enol, en Ventanielles, hay poco más de media hora andando. No se cruza ningún muro, no hay puestos de control. Ninguna señal que advierta un cambio de jurisdicción. Se cruza, eso sí, una cicatriz de hormigón que durante medio siglo separó la ciudad de sus barrios orientales. Treinta minutos. El paseo más barato de Oviedo es también el que más renta va dejando por el camino.
El mercado lo sabe y lo cotiza. En abril de 2026, el metro cuadrado de vivienda se pagaba a 2.801 euros en el Centro y el Casco Histórico, y a 2.368 en el eje de Buenavista, La Ería y Montecerrao, por encima de una media municipal de 2.286. Al otro lado del trayecto los precios bajan, pero la rebaja tiene letra pequeña: parte de ese parque residencial arrastra décadas de antigüedad, ascensores que no existen, fachadas que pierden calor. La vivienda barata no siempre es una oportunidad; a veces, es deterioro al que se le pone precio.
El segundo mapa, el de la renta, es más severo que el primero. Los análisis disponibles sitúan con regularidad los ingresos más altos de la ciudad en Montecerrao y el entorno del centro, y los más bajos en Trubia, Olloniego y varios sectores de la periferia oriental y sur. Ventanielles, Teatinos y Guillén Lafuerza aparecen entre las zonas de menor renta, pero no necesariamente como las de renta más baja de todo el municipio en cualquier fuente o recorte territorial. Los precios bajan, pero los ingresos de quien los paga bajan más.
Nada de esto exige estadística para ser visto. Basta con caminar y observar el estado del pavimento, la edad de los portales, la distancia al parque más cercano. Ventanielles figura en el catálogo oficial de barrios vulnerables, con déficits documentados de infraestructuras, equipamientos y zonas verdes. Hay una frontera que no solo reparte renta y servicios, sino también minutos, reputación y expectativas. No está hecha de piedra; se sostiene decisión a decisión.
Oviedo salió de una guerra con el casco arrasado y se reconstruyó con un criterio que los documentos de la época no disimulan: el ensanche burgués se restauró y se embelleció y la vivienda obrera se empujó hacia el perímetro. El plan de urbanización redactado por Gamazo y aprobado en 1943 no inventó la división social de la ciudad, pero la dibujó sobre plano y, posteriormente, se le dio rango administrativo y, a partir de ahí, la desigualdad dejó de ser una circunstancia y pasó a ser una ordenación.
Con el desarrollismo, los polígonos de vivienda de los años cincuenta y sesenta (Ventanielles, Teatinos, Guillén Lafuerza) resolvieron un déficit real de vivienda con una lógica que respondía a la moral política y espacial que se imponía entonces: alojar a la clase trabajadora al otro lado de las barreras urbanas (ferrocarril, fábricas y autopista), de modo que el acceso a la vivienda incluyera, en el mismo paquete, la separación de la ciudad. Barrios situados donde el orden urbano quería situarlos.
Ya sin la coartada moral y política de una dictadura, Gabino de Lorenzo convirtió el centro de Oviedo en escaparate: peatonalización, escultura urbana y congresos. La ciudad como producto. La periferia una vez más quedó fuera del relato y el plan general de 2006 consolidó el reparto de papeles que venía de atrás y hoy sobrevive sobre el plano y en la conciencia de la ciudad: el centro como imagen, los barrios y polígonos residenciales como reserva de población.
Ocasiones para eliminar fronteras hubo y aún no se han terminado, pero persisten las decisiones.
En enero de 2025, el informe de la Consejería de Vivienda identificó como susceptibles de declararse tensionadas casi todas las zonas de Oviedo: el Centro y el Casco Histórico, pero también Ventanielles, La Corredoria, El Cristo, La Argañosa, Vallobín. El mapa oficial de la tensión inmobiliaria reproduce, casi calle a calle, el mapa de la ciudad partida, con una diferencia de efectos que el informe no necesita explicitar: en el centro, la tensión expulsa hacia fuera y, en la periferia, encarece sin mejorar nada. Un fenómeno administrado por el equipo de gobierno que produce desahucio simbólico en un extremo y asfixia silenciosa en el otro.
La respuesta municipal a ese diagnóstico cabe en un asiento contable. Trescientas viviendas de alquiler asequible que el Ayuntamiento se comprometió a facilitar mediante cesión de suelo al Principado. Pero no nacen de un modelo de ciudad; nacen de una negociación presupuestaria, como contrapartida al apoyo de Izquierda Unida a las cuentas de 2025. El alcalde lo liquidó con su pragmatismo habitual: “A quien no le guste, peor”. Y conviene tomarle la palabra, porque evidencia el método: la vivienda pública no es aquí una política; es el precio para unos o el coste para otros que se asume para mantener intacto el modelo urbano.
Las dos mayores oportunidades de redibujar el plano de Oviedo en medio siglo siguen esperando. La antigua fábrica de armas de La Vega y los terrenos del viejo hospital en El Cristo acumulan años de protocolos, disputas institucionales y maquetas en prensa. Lo que se decida levantar ahí fijará, con más claridad que cualquier discurso, el sujeto real de la política urbana de Oviedo: la ciudad que se proyecta, a quién incorpora y a quién deja fuera. De momento, esa respuesta sigue teniendo forma de solar. Las fronteras no se han movido.
Hoy la derecha que gobierna Oviedo toma el testigo de una ciudad quebrada y decide, presupuesto a presupuesto, que así es como funciona. Sin apenas oposición, es así como se administran las fracturas, desde la inercia que otorga la normalidad. Una parte de la izquierda acepta jugar con esas reglas y se cobra en viviendas el apoyo a unas cuentas; la otra parte lleva décadas denunciando la frontera, pero sin dibujar el plano que la sustituya. Conoce los agravios barrio a barrio (la línea de autobús, el centro social, el pavimento levantado) y los gestiona con diligencia y empatía vecinal; pero no acaba de producir un modelo integrado de ciudad que obligue a discutir el existente. Y un agravio sin modelo alternativo no es ni oposición ni proyecto: es una lista de espera.
El solar de La Vega sigue siendo la descripción más exacta de la política urbana ovetense: qué se construye y quién captura el valor con la vuelta de esos suelos a la ciudad: la ciudadanía o el mercado. El convenio de La Vega promete vivienda protegida, zonas verdes y patrimonio industrial; el único plano que llegó a enseñarse incluía una cuestionada torre de viviendas de veinticinco alturas. Respuesta sobre plano a la pregunta de quién se queda con la plusvalía.
Al Oviedo partido le sobran administradores y le hacen falta autores. El problema no es solo quién gobierna la ciudad, sino quién la imagina entera, sin fronteras que convierten la desigualdad en paisaje, sin solares eternamente aplazados.
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