Año I • Edición No. 1lunes, 31 de agosto de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Parecerse a nuestros padres

Por Roberto Pérez Pastor10 de agosto de 20267 min de lectura

Heredar una tradición política no consiste en repetirla. A veces, para conservar lo que importa, hay que aprender a separarse de quienes nos enseñaron a mirar el mundo.

Hay personas que llegan a la política con una biografía todavía por escribir y otras que llegan con una parte ya escrita por otros. No necesariamente por haberlo elegido. A veces basta un apellido, una relación familiar conocida o la pertenencia a una determinada genealogía política para que la mirada de los demás empiece a ordenar tus pasos antes incluso de que hayas dado el primero.

La herencia política puede ser una ventaja, pero también una condena.

Quien procede de una familia vinculada durante años a una organización conoce códigos, nombres, relatos y costumbres que para otros requieren tiempo. Puede haber heredado contactos, reconocimiento y una cierta familiaridad con el poder que facilita la entrada en determinados espacios; pero esa aparente ventaja contiene también una paradoja: cuanto más reconocible es la figura que precede al heredero, más difícil resulta demostrar que uno ha llegado o alcanzado el éxito por sí mismo.

Si triunfa, siempre habrá alguien dispuesto a atribuir parte del éxito al apellido. Si fracasa, la comparación será inevitable. Los hijos políticos no compiten únicamente con sus contemporáneos; compiten también con sus fantasmas.

Freud entendía que una parte fundamental de la construcción de nuestra identidad procedía de la identificación. Durante el desarrollo, el padre (entendido aquí también en un sentido simbólico) aparece como modelo, referencia y medida. Queremos parecernos a él y, al mismo tiempo, necesitamos diferenciarnos. El viejo complejo de Edipo se lee precisamente como esa tensión entre identificación y emancipación. Para convertirse en sujeto adulto, no basta con admirar al padre; hay que abandonar la necesidad de ocupar su lugar. Hay que matarlo simbólicamente. Hay que poder decir sin rastro de culpa: aquello fue suyo y esto será mío.

Las organizaciones políticas están llenas de estas filiaciones. Unas biológicas y otras meramente simbólicas. Hay hijos, discípulos, protegidos, secretarios, colaboradores, sucesores designados y herederos de familias políticas. Personas cuya legitimidad inicial procede, al menos parcialmente, de una historia anterior. Y todas ellas afrontan tarde o temprano el mismo problema: cómo recibir y gestionar una herencia sin convertirse en su repetición. Y este tema se vuelve especialmente interesante cuando la organización también necesita al padre.

Los partidos con historia construyen buena parte de su identidad mediante relatos sobre su propio pasado. Conservan fotografías, nombres, aniversarios, alcaldes, secretarios generales y episodios que funcionan como una mitología interna. Forma parte de una lógica; la memoria proporciona continuidad y permite comprender de dónde venimos. No obstante, esa lógica deviene en problema cuando recordar deja de ser una forma de orientarse y se convierte en una manera de evitar el presente.

Esta incapacidad para soltar el pasado, en ocasiones, tiene un reflejo exacto en el debate político de nuestra ciudad. Hay quienes opinan, cuando se les concede tribuna, que para volver a ganar hay que parecerse más a Oviedo. La idea parece difícil de discutir: cualquier proyecto político que aspire a gobernar una ciudad debería ser capaz de reconocerse en ella y de conseguir que la ciudad, a su vez, se reconozca en ese proyecto.

El problema comienza al tratar de precisar en qué consiste exactamente ese parecido. Parecerse a una ciudad exige decidir primero qué ciudad estamos mirando. El Oviedo en el que una determinada generación aprendió y desarrolló su política, construyó sus referencias y encontró sus mayorías sociales ya no existe de la misma manera. Las ciudades, igual que las personas, envejecen, cambian, olvidan y se transforman.

Por eso quizá, antes de presumir que la solución pasa por parecernos a Oviedo, convendría determinar a qué Oviedo queremos parecernos. Reconocer que la ciudad que hizo posible una determinada mayoría social hace cuarenta años ya no existe no supone despreciarla, sino asumir plenamente su historicidad.

Aquí aparece otro concepto freudiano particularmente útil para pensar las organizaciones: el duelo.

En Duelo y melancolía, Freud describió el duelo como el proceso mediante el cual aceptamos que aquello a lo que estábamos ligados ya no está disponible del mismo modo. El trabajo del duelo no consiste en borrar el objeto perdido, sino en aceptar su pérdida para poder reorganizar nuestras inversiones afectivas y, en algunos casos, políticas. Cuando ese proceso fracasa, el pasado puede permanecer instalado dentro del presente como una presencia que condiciona totalmente nuestra relación con la realidad.

Las organizaciones, también la nuestra, necesitan elaborar duelos. Deben despedirse de dirigentes, de generaciones, de mayorías electorales, de modelos de ciudad y hasta de determinadas formas de militancia. Y los partidos suelen llevar bastante mal estas pérdidas; tienden a conservar rituales, palabras y referencias mucho después de que haya desaparecido el mundo que les daba sentido.

Pero el duelo no pertenece únicamente a los grandes ciclos históricos. Este mismo mecanismo funciona a escalas mucho más cortas: candidaturas, equipos y proyectos internos que pierden unas primarias y dejan de ocupar el lugar al que aspiraban. También ahí es necesario aceptar que algo ha terminado. La continuidad puede ser necesaria, pero también una forma de aplazar la acción decisiva que condiciona toda estrategia: determinar qué merece conservarse de aquello que perdió y qué debe terminar con la derrota.

En este punto, aparece la nostalgia.

La nostalgia política tiene una enorme capacidad para disfrazarse de proyecto. Habla del futuro, pero utiliza las categorías emocionales del pasado. Promete reconstruir mayorías sociales que pertenecieron a otra estructura política y demográfica. Invoca modelos de ciudad concebidos para otros públicos y conflictos. Repite lenguajes que funcionaron cuando la composición social, los barrios, la movilidad, el trabajo y las expectativas eran distintas. Y a veces impulsa a una nueva generación la paradójica misión de reproducir la mirada de la anterior.

Cada generación recibe un mundo ya interpretado por sus mayores, pero tiene la obligación de confrontarlo con acontecimientos nuevos. El problema de determinados proyectos políticos aparece cuando las categorías heredadas de quienes facilitaron una posición dejan de describir adecuadamente la experiencia presente.

Quizá por eso una de las formas más profundas de fidelidad política consista precisamente en desobedecer a nuestros padres. No en negar lo que hicieron. No en borrar su legado. Sino en comprender qué problema estaban intentando resolver y asumir que nuestra obligación no es repetir su solución. Una generación política verdaderamente heredera no conserva las respuestas de la anterior; conserva sus preguntas y se atreve a formular nuevas respuestas.

El heredero político necesita convertirse en autor de su propia legitimidad. Para hacerlo, debe atravesar una etapa inevitable de separación. Tiene que aceptar que el reconocimiento recibido no puede sustituir indefinidamente al reconocimiento conquistado. Debe construir vínculos propios, formular ideas propias, asumir conflictos propios y, llegado el caso, contradecir aquello que representa su propia genealogía. Superar su Edipo.

No siempre ocurre.

Hay organizaciones que castigan esa emancipación. Prefieren hijos reconocibles a hijos autónomos. Premian la continuidad de los códigos, la fidelidad a determinadas familias y la reproducción de los relatos conocidos. Así, la sucesión parece renovación porque cambian las personas, aunque sobrevivan intactas las categorías y los apellidos desde los que se piensa. Es una forma peculiar de inmovilismo generacional.

Y es aquí donde el Edipo ofrece su mejor metáfora política. El problema no está en tener padres. Todos los tenemos: biológicos, intelectuales o políticos. El problema comienza cuando seguimos necesitando y buscando su mirada para saber quiénes somos.

Oviedo tampoco necesita parecerse a la ciudad de nuestros padres. Necesita parecerse a sí misma.

La ciudad actual está compuesta por quienes llegaron después, por quienes nacieron aquí y por quienes hicieron de ella su casa. Sus conflictos, necesidades y expectativas son otros. Seguramente algunos problemas siguen siendo los mismos, pero aparecen dentro de condiciones históricas nuevas. Recordar el Oviedo que fue puede resultar útil. Añorarlo, mucho menos.

El duelo bien elaborado no destruye la memoria. La libera.

Permite agradecer sin imitar, reconocer sin obedecer y conservar sin quedar atrapado. Tal vez eso sea también madurar políticamente: descubrir que nuestros mayores no necesitan que continuemos su vida, sino que seamos capaces de construir la nuestra.

Los buenos herederos no se parecen demasiado a sus padres. Se parecen a su tiempo.

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