Año I • Edición No. 1martes, 15 de septiembre de 2026

LA ESCANDALERA

Análisis, teoría política y pensamiento contemporáneo

Terapia de duelo para un alcalde

Por Roberto Pérez Pastor15 de septiembre de 20266 min de lectura

Negación ante la agresión, ira contra quien la sufrió, negociación con versiones todavía desconocidas y ausencia cuando la ciudad salió a la plaza. A Canteli solo le queda aceptarlo.

Alfredo Canteli es un alcalde de masculinidad sensible. Ha llorado por sus amigos gais y ha decidido que, mientras él sea alcalde, los bancos arcoíris no volverán a la plaza de La Escandalera. Habrá quien quiera ver, por encima de cualquier consideración moral o política, una simple contradicción estética, pero quizá estos dos sucesos constituyan en sí mismos dos momentos de un dolor mucho más profundo: un duelo.

Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suizo-estadounidense, popularizó hace más de medio siglo cinco etapas para ordenar la respuesta ante una pérdida: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Este modelo coloniza la literatura de autoayuda y la liturgia popular de los tanatorios y hoy sirve mejor como relato que como ley psicológica. Y como todo relato, necesita protagonistas, y el San Mateo de 2026 ha encontrado el suyo en nuestro campechano alcalde, Alfredo Canteli.

El domingo, en una sola comparecencia, el alcalde recorrió casi todas las estaciones del duelo que la ciudad tenía abierto desde el jueves. Solo una quedó pendiente.

La primera noche de las fiestas, pasadas las tres de la madrugada, cuando ya se recogía el material de la caseta de Fiestes Populares en la plaza de la Catedral, primero cayeron los símbolos: carteles, una bandera arcoíris y una pancarta que pedía “Que no nos invada el racismo”. Dos voluntarios intentaron impedirlo. Acabaron en el suelo, con una patada en la cabeza y cinco puntos de sutura, mientras alguien hacía el saludo fascista y gritaba “Arriba España”.

La primera fase es la negación. Canteli asegura no saber qué ocurrió aquella madrugada en la plaza de la Catedral. “Yo no sé lo que pasó. Me gustaría saberlo. Solo sé lo que dice una parte; desconozco la otra”. La agresión llevaba días ocupando titulares; por las redes sociales circulaban videos e imágenes de lo sucedido, dos personas habían terminado atendidas en el HUCA y una manifestación multitudinaria había recorrido el centro de Oviedo en repulsa por lo ocurrido.

La negación es dirigida. Canteli no niega que haya ocurrido algo; niega que ese algo deba formar parte del relato de San Mateo. Antes incluso de entrar a valorar la agresión, reivindica el “enorme éxito” de las fiestas y advierte de que “a veces las anécdotas se sacan de sitio”. Después recuerda que miles y miles de personas disfrutan sin ningún problema. El mecanismo consiste en aislar el episodio hasta volverlo irrelevante. Hubo una agresión, sí, pero fuera del marco con el que el alcalde y su gobierno quieren contar las fiestas y la convivencia de Oviedo. Una anomalía, una excepción, una fotografía que conviene apartar para que no contamine la imagen general. No se niega el golpe. Se le niega algo más importante: su significado.

Y puede ser cierto que miles de personas hayan celebrado San Mateo sin incidente alguno. También que Oviedo no sea una ciudad tomada por la violencia ideológica. Pero ninguna de esas dos cosas convierte una paliza en una anécdota. La negación no necesita decir que el golpe no existió; basta con colocarlo fuera de campo.

La ira, en su discurso, también encuentra pronto una dirección. Canteli no conoce a quienes dieron los golpes, pero sí recuerda con precisión un episodio protagonizado por Rosón cinco años atrás, a las siete y media de la mañana, en El Campillín. “Qué casualidad”; y más adelante remata que “siempre aparecen los mismos”. La memoria del alcalde funciona con precisión selectiva: para los agresores reclama prudencia, contexto y versiones; para los agredidos recupera antecedentes. La sospecha cambia de lado. Quien recibió los golpes queda obligado a explicarse ante las declaraciones del alcalde, explicar qué pasó en el Campillín y por qué vuelve a aparecer. La ira tiene destinatario y no es quien dio la patada.

La negociación llega después. Canteli insiste en que “solo sé lo que dice una parte; desconozco la otra” y que ni siquiera conoce a quienes “dicen que pegaron”. Hasta ahí, prudencia. Pero añade que aquellos jóvenes no debían ser “tan malos”, y la cautela empieza a convertirse en regateo. La versión que todavía no conoce recibe ya un margen de comprensión ante unos hechos sobre los que solo cabe condena, incluso antes de ser formulada. No hay versión que justifique que una discrepancia se resuelva a patadas o puñetazos y termine con alguien en el suelo y cinco puntos de sutura. Aquí el duelo busca su trato: aceptar que algo grave ocurrió, siempre que quede abierta la posibilidad de que, después de todo, no haya sido para tanto.

La depresión no se manifiesta en tristeza. Se manifiesta en ausencia y falta de empatía. El sábado, en la plaza de la Catedral, miles de personas se concentraron en el mismo lugar donde dos noches antes había caído la bandera. Acudieron dos concejales del Partido Popular en representación del equipo de gobierno. El alcalde de Oviedo no estuvo. Habló el domingo, ante los micrófonos, y no el sábado, ante la ciudad. La institución estuvo representada; Canteli mantuvo la distancia. Hay ausencias que no necesitan explicación porque terminan formando parte del relato por sí solas.

La quinta y última fase es la aceptación y a Canteli el dolor y la negación sin duda aún le impiden alcanzarla. Aceptar exige reconocer que lo ocurrido pertenece a Oviedo, que la Amabilidá no esconde los conflictos y que la convivencia no consiste en esconder aquello que estropea la fotografía. Exige también asumir que una bandera arcoíris forma parte de una ciudad plural con la misma legitimidad que cualquier otro símbolo democrático.

Canteli habla de versiones, casualidades, viejos antecedentes, de buenos chicos y bancos que no volverán. Sigue atrapado en un duelo que la ciudad empezó a abandonar el sábado, cuando salió a la calle, llenando la plaza y reconociendo y manifestando que cualquier gesto de violencia o agresión no necesita compartir las ideas de quien la sufre para ser condenada.

A Canteli le cuesta aceptar que el conflicto no desmiente la convivencia, la pone a prueba, y que cuando aparece la violencia no caben coartadas, viejos episodios ni versiones capaces de volverla menos condenable. Canteli sigue sin superar su duelo por una ciudad que ha cambiado y hoy es una ciudad de acogida, más plural que en sus orígenes, con sus identidades y sus formas de vivir, y que ya no cabe en la vieja postal conservadora de sí misma. Oviedo ha cambiado, aunque algunos sigan intentando administrarla como si no lo hubiera hecho, agravando con ello las diferencias. Canteli sigue sin aceptarlo y, mientras no lo resuelva, el dolor que siente le hará decir lo que piensa.

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